Carta de la Madre Verdadera al Padre Verdadero

1

¡Querido Padre! ¡Añorado Padre! que siempre está junto a mí. Siete años han pasado desde que usted se ha ido al Cielo. No existe un solo lugar en este Cosmos que no esté embebido en su sudor y sus lágrimas. ¡Lo extraño tanto!

Un año antes de su partida, Padre, con más de 90 años de edad, usted fue a los Estados Unidos en ocho ocasiones ese mismo año. Usted ha trabajado por el mundo y por la humanidad sin cuidar en lo más mínimo su salud.

Aquellas palabras suyas con la promesa: “cuando terminemos este trabajo y me desocupe descansaremos un poco”, finalmente no pudo cumplirlas en esta Tierra, Padre. Usted trabajaba día y noche sin descanso y yo, que lo atendía, he vivido esa misma vida, sin haber podido dormir nunca más de tres horas seguidas.

Recuerdo que, en el caluroso verano de 2012, la última vez que se internó, usted reprimió firmemente a quienes le sugerían la internación, diciéndoles: “Con todo lo que hay para hacer, ¿cómo voy a pasar mi tiempo en un hospital?”. Esa reacción se debía a que realmente quedaba mucho por hacer.

Usted se apresuró para retornar prontamente a casa. Y una vez que estuvimos en casa me dijo: “Mamá, hoy quiero comer contigo”. Los miembros que lo escucharon decir esto se quedaron extrañados, sorprendidos, debido a que yo siempre comí sentada a su lado como algo habitual.

Ese día en la mesa, teniendo el almuerzo delante, usted me contempló fijamente al rostro mucho tiempo sin siquiera pensar en levantar la cuchara. Tal vez usted quería tallar mi rostro en su corazón, amado Padre. Yo le sonreí, le coloqué la cuchara en su mano y le serví la comida. Y lo contemplé con la mente en blanco, mientras usted se alimentaba. Yo también tallé su rostro en la profundidad de mi pecho.

Y al día siguiente, bajo un fuerte sol, acompañado de un enorme tanque de oxígeno, superior a la altura de una persona, recorrió el área de Cheongpyeong, comenzando por el lago Cheongpyeong y el Liceo Cheongshim, recibiendo los cálidos rayos del sol.

Retornó al Cheon Jeong Gung y luego de orar “Bendíganos, Dios. Le pido que nos permita terminar esto”, pidió que le trajesen un grabador y, junto a mí, elevó su última oración: “He cumplido toda mi misión providencial”. Y luego repitió una y otra vez: “¡Mamá, gracias! ¡Mamá, lo dejo en tus manos!”, y hablando con dificultad, dijo: “¡Lo siento mucho, y sinceramente te estoy agradecido!”.

Yo sostuve sus manos con la mayor firmeza posible y lo tranquilicé con miradas y palabras afectivas provenientes de lo más profundo de mí corazón. Le dije que no se preocupase por nada, y así se fue, partió acogido en el seno de Dios a dormir al pie del Monte Cheon Seong.

Luego de su Seonghwa, yo subí al Bonghyangwon cada madrugada. En otoño arreciaban los vientos fuertes y en invierno las copiosas nevadas pintaban todo de blanco; pero aun teniendo razones y excusas para descansar, de madrugada, sin falta, subía al Bonghyangwon.

Durante los 40 días posteriores al Seonghwa le serví a usted, Padre, las comidas de la mañana y del atardecer, y en momentos cuando más lo añoraba subía innumerables veces al Bonghyangwon y conversaba con usted. Y fue así que su pensamiento se hizo el mío propio y mi pensamiento se hizo el suyo propio.

Pasamos días con cálidos rayos del sol, días ventosos, días de tormentas repentinas, días de lluvia torrencial, días de copiosa nieve en que se oscurecía todo el cielo; pero, aun así, no he dejado pasar ni uno solo de los 1095 días posteriores sin servirlo junto a su sepulcro.

Recorrí devotamente los 5600 kilómetros desde Las Vegas a Nueva York, el sendero que Usted transitó incansablemente en los años 70. Subí a las 12 cimas de Los Alpes a las que habíamos ido juntos. Y me determiné a cumplir la promesa que le hice: “Reviviré la iglesia al espíritu y verdad de los primeros tiempos”.

Al conmemorar el tercer aniversario de su Seonghwa, le supliqué que se sienta libre de consolar y alabar a Dios, quien ha estado tan solo, en el Bonghyangwon. Y me determiné a tener victoria en restaurar 7 naciones hasta el 2020, por Usted y por Janul Pumonim.

Y recorrí el mundo incansable y frenéticamente, abrazándolo de este a oeste y de norte a sur. Se me partían los labios, se me hinchaban las piernas, me era difícil sostenerme parada; pero, aun así, no podía descansar. Lo hice para cumplir la promesa de concluirlo en vida, por más difícil y complicado que fuere realizar la Voluntad. Vivo determinándome, una y otra vez: “Sin falta lo voy a cumplir y jamás cambiaré”.

Cuando lo extraño profundamente converso con la luna: “he vivido recordándome mi determinación de cumplir en vida la promesa que hice ante su santo cuerpo, de arraigar el Cheonilguk en esta Tierra”.

Y en eso, viviendo de esa manera, llegamos hoy a conmemorar ya el séptimo aniversario de su Seonghwa.

Usted sabe que, desde su ascensión, mi posición ha sido verdaderamente indescriptible, una posición de decir verdaderamente que “Me he quedado absolutamente sola”. He vivido con el sentimiento de tener que encontrar un pequeño alfiler en el árido desierto en medio de una tormenta de arena, incapaz de abrir los ojos, pero lo encontré. ¡Tenía que encontrarlo!

Esa determinación de restaurar sin falta siete naciones para el año 2020 y de registrar en el linaje celestial a todas las familias bendecidas como mesías tribales es el regalo que he preparado para usted, amado Padre.

Oro que este regalo y su vida de hyojeong a Dios se conviertan en una luz de esperanza para todos los pueblos del mundo.

Lo amo, Padre.

mv

Traducción al español:

Alejandro de Souza

Corea

Korea, South
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