Recordando a Mónica Ortíz (3)

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Un asado inolvidable

Una de las tradiciones más populares de Argentina es agasajar a los extranjeros con un contundente asado. Las carnes argentinas son las mejores del mundo, y los ocasionales visitantes lo saben. Más aun; si el visitante es oriental, espera ansiosamente hincarle el diente a un trozo de carne argentina.

La historia transcurre en Tucumán donde Mónica era la líder. Nos enteramos que llegaría de visita un misionero japonés, el Sr. Kenjiro Aoki. Se quedaría poco tiempo, pero se lo debía atender como merecía. ¿Qué mejor, entonces, que ofrecerle un delicioso asado argentino? Todos los hermanos apoyamos fervorosamente la idea, pero no tanto por celebrar la llegada del oriental, sino porque por esos años comíamos carne cuando el Vaticano elegía papa. La visita nos daría a todos la posibilidad de recordar cómo sabía la carne.

Y llegó el día. Mónica tenía por costumbre hacer prácticamente todo; pero en esa ocasión se vio obligada a delegar responsabilidades porque había mucho por hacer. Todos nos dedicamos a preparar algo específico para la visita, mientras que la compra del asado quedó para un hermano que no mencionaré en esta oportunidad para preservar su identidad. Si está leyendo esto se estará riendo, y mucho.

Teníamos todo pronto para tan importante visita, pero la carne no llegaba. Pasaban los minutos y el producto vacuno brillaba por su ausencia. Alguien empezó a preparar el fuego, con la infantil esperanza que eso acelerara la llegada del asado. Cuando el fuego estaba listo vemos a lo lejos un vehículo en el que seguramente llegaba el misionero oriental, pero la carne y el hermano todavía no llegaban.

En efecto, era el Sr. Aoki quien descendía del vehículo. Venía con un bolso y una amplia sonrisa. Mónica caminaba por las paredes. Nunca delegaba ninguna tarea, y una vez que lo hacía parecía que un agujero negro se había tragado al hermano y al asado. Como pudimos lo distrajimos al oriental mostrándole la propiedad y hablando de cuestiones intrascendente, solo esperando que se hiciera el milagro y apareciesen el hermano y la carne. Aunque sea que apareciera la carne, el hermano podía esperar. Cuando ya nos disponíamos a anunciar que tomaríamos sopa, vemos a lo lejos la bicicleta de este hermano acercarse raudamente. El alma volvió al cuerpo de todos. Hubiera deseado tener una cámara de fotos para tener guardada la expresión en la cara de Mónica.

Mientras el Sr. Aoki estaba en la cocina tomando un refrigerio, este hermano nos entregaba la bolsa con el asado. Mónica quería hacer un pozo y enterrarlo por lo mucho que había tardado. El hermano se disculpó diciendo que en esa fecha y a esa hora era casi imposible conseguir carne. Tamaña fue nuestra sorpresa al abrir la bolsa y encontrarnos con unos cinco kilos de chinchulines, pero nada de carne.

En ese momento creí que Mónica lo mataría. Se puso de varios colores, algunos iridiscentes, y casi habló en leguas. Estaba el fuego, estaba el invitado, estábamos nosotros y nuestras ansias, pero no había carne, solo vísceras. Ustedes no se imaginan la desilusión que teníamos nosotros, los que no veíamos un trozo de carne ni en sueños, al darnos cuenta que habíamos estado cerca de comer un asado, pero solo podríamos degustar esos insulsos chinchulines. No solo Mónica quería ajusticiarlo, todos queríamos usarlo de alfombra y servirlo a la parrilla.

Lo peor fue decirle al oriental que no había carne. Cuando se acercó a la parrilla y vio las achuras preguntó dónde estaba la carne. Mónica quería desaparecer, pero tuvo que explicarle que no había carne, que habría que contentarse con las achuras. El japonés no podía creerlo. Había viajado miles de kilómetros haciéndose la idea de que degustaría un rico asado, pero solo había unos chinchulines rosados mirándolo con arrogancia desde la parrilla. Se sintió estafado, y nosotros estábamos tan decepcionados como él. A decir verdad, hacía tiempo que no comíamos chinchulines, pero nos habíamos ilusionado tanto con la carne que el desencanto nos carcomía los riñones.

Por suerte eran otros tiempos. Todo era mucho más sencillo y estas cuestiones se dirimían en cuestión de horas. Gracias al carácter de Mónica, todo terminó en medio de muchas risas y en un recuerdo para contar a nuestros amigos. Gracias a su liderazgo estos contratiempos no pasaban a mayores. Ella era la argamasa que unía todas las partes. Como me dijo un líder nacional alguna vez: “Mónica nació y fue diseñada para ser líder”. Y era cierto. Un líder nace, no se hace.

 

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