Experiencias Personales

Cooperación interreligiosa para liderar la paz

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Escribe desde Argentina

Lic. Miguel Werner*

Desafíos del diálogo… A modo de reflexión

 

“Donde hay voluntad, existe un camino…”

El diálogo, el encuentro, es vital para las relaciones saludables en una comunidad y la evolución humana. Del mismo modo lo interreligioso, con la misión de “religar”, en una sociedad interdependiente y globalizada. Parece obvio reafirmarlo, pero no. En un mundo híper tecnológico, con aparatos para comunicarse al instante con cualquier rincón del planeta, contradictoriamente, persisten desencuentros y priman indiferencias hacia el prójimo.

Por otro lado, subsisten conflictos irresueltos que enraízan en lo ancestral. Violencia, fanatismo, ignorancia y persecuciones. Si bien los pasos interreligiosos fueron notables en el último siglo y trascendentes en las recientes décadas, todavía hay mucho trabajo por delante para cambiar el “chip belicoso”, derivado de “complejos de inferioridad” o supuesta “superioridad”, por otro amistoso y fraternal, más apropiado a los valores que se predican.

¿Dónde se fundamenta el diálogo y la necesaria cooperación interreligiosa? ¿Cómo liderar la paz y ya no el primitivo paradigma dialéctico de la confrontación? Afortunadamente hay algunos signos positivos. El Papa Francisco providencialmente marca algunas pautas claras para un cambio de rumbo al promover y vivir una “cultura del encuentro” y solidaridad, para la concreción del anhelo universal inscripto en la mente y corazón de cada ser: paz interna y paz mundial.

Dignidad

Los gobiernos y todas las estructuras de poder e instituciones fueron sacudidos en los últimos años, en lo que se considera el cambio de una época. Esto tiene que ver con un cambio profundo de alineamiento que se expresa en la sociedad. Cada persona espera respeto de su dignidad, aspira tener líderes íntegros, que cumplan con su función. La humanidad busca respuestas a inquietudes esenciales. Este anhelo se tradujo en innumerables manifestaciones, inestabilidad política y convulsiones sociales en distintas regiones del mundo y al interior de cada nación.

La llamada “Primavera árabe” fue un particular fenómeno surgido en la cuna de los faraones, que se expresó en la Plaza Tahrir (“Liberación”) de la capital egipcia en el 2011 y desencadenó la caída de gobernantes establecidos hace décadas en la región, cual “efecto dominó” en un juego de naipes. Muertes y conflictos se multiplicaron por doquier, cuyo epicentro de sangre se mantiene después de tres años en Siria, con enfrentamientos entre los múltiples grupos rebeldes y el régimen de Bashar al Assad. Grecia, tierra donde la riqueza pasada se asentó en la filosofía y la democracia, fue la cabeza de un Iceberg de la debacle económica que amenazó enterrar a la Comunidad Económica Europea en el Viejo Continente, cuya unidad e identidad se sustentara otrora en los valores espirituales. Por otro lado, en España cobró protagonismo el “movimiento de los indignados”, a partir del denominado 15-M (15 de mayo de 2011), con “sentadas” en Puerta del Sol de Madrid. Los reclamos, que se cifraban en una mayor participación y una democracia más efectiva, se desparramaron por el mundo y llegaron hasta el mismo centro del poder económico: Wall Street (EEUU), regañando la influencia que los bancos y el dinero tienen sobre la política y las personas, reducidas a números estadísticos y “mercancías”.

“Somos personas que hemos venido libre y voluntariamente, que después de la manifestación decidimos reunirnos para seguir reivindicando la dignidad y la conciencia política y social”, se identificaban en un Manifiesto los movilizados hispanos. Abogando un cambio, al considerar que se “ha perdido la dignidad humana” (1), interpelan el sistema de cosas establecidas donde gobernantes priorizan intereses económicos y políticos por sobre la vida y la solidaridad. Los jóvenes protagonizaron los reclamos por un futuro más digno.

Los cuestionamientos de los “indignados” trascendieron lo partidario y lo meramente político-social. Desde el modesto planteo interreligioso que aquí se emprende exige un análisis de mayor profundidad. Requiere hurgar en lo filosófico, sin ignorar el trasfondo de un gran despertar espiritual que se viene experimentando en el andar del nuevo mileno, ante nuevos despertares y decepciones históricas. Cabría preguntarse: ¿De dónde viene nuestra dignidad? ¿De nuestro estatus económico-social? ¿De las constituciones de los estados nacionales? ¿De declaraciones y enunciado de leyes? ¿Del conocimiento o tradiciones?

“Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”, expresa con lucidez el inicio mismo del Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”, señala el Artículo 1 (2).

La dignidad, en definitiva, tiene que ver con un origen común y el sentido mismo de la existencia. Viene de nuestra común esencia divina, que hace que todos estemos vinculados por lazos invisibles de hermandad, más allá de nuestras conceptualizaciones, legislaciones y tradiciones. Allí se fundamenta en primera y última instancia la necesidad del diálogo y el entendimiento mutuo, y el indelegable rol y compromiso de cooperación de las religiones, que asientan su accionar en aquella premisa, de donde derivan su prédica. Es también la responsabilidad primaria de los gobiernos y de otras estructuras de poder, aunque son los religiosos los que tienen los mayores deberes por los altos ideales que propugnan.

Diálogo

El diálogo remite a un principio inscripto en la naturaleza de todas las cosas: dar-recibir, al que sólo el humano puede resistirse. Pero desde niños se nos enseña a hablar, pero no siempre a comunicarnos. Por eso es necesario enfatizar en otro factor del intercambio: aprender a escuchar. En la actualidad sigue habiendo cursos de oratoria, positivos desde luego si no están enfocados exclusivamente en “seducir y convencer”, sino también en reducir distancias y malentendidos. Hoy, sin embargo, son imprescindibles talleres de “escuchatoria”, para ejercitar y desarrollar la empatía y compartir lo que nos pasa, sometidos como estamos a presiones exitistas, a desinformación interesada, estrés y angustias existenciales de cambio de época.

El comunicólogo Antonio Pasquali enarbola el diálogo como “la relación de comunicación soberana y por excelencia”. El investigador y filósofo ítalo-venezolano en su obra “Comprender la comunicación” enfatiza la “total reciprocidad” que se da entre interlocutores en esta relación humana, de “saber-uno-del-otro”, “siendo por ello un factor esencial de convivencia y un elemento determinante de las formas que asume la sociabilidad del hombre” (3). Instancia donde uno puede hablar y escuchar en forma alternada, que diferencia del intercambio que se da con las modernas tecnologías aplicadas a los medios de información (Radio, TV, periódicos), donde prima la asimetría, porque queda sobredimensionado el emisor.

Diálogo es el intercambio de palabras al menos entre dos interlocutores, a diferencia del monólogo: el discurso de solo uno. Pasquali llama “seudo-diálogo” al que puede darse “entre un padre autoritario y el hijo, el verdugo y la víctima, un anunciante de productos y el consumidor, un jefe de Estado y los periodistas en rueda de prensa oficial”. Porque “el verdadero diálogo” se da “inter pares, en plena libertad, sin prevaricaciones ocultas o evidentes ni argumentos prohibidos, entre interlocutores no programados para respuestas estandarizadas, dispuestos a alcanzar dialécticamente una verdad superior a la de sus respectivos puntos de vista iniciales y en condiciones públicas o privadas elegidas sin coacciones” (4).

El intercambio franco y desinteresado, de “estar en comunidad” al poner “algo en común” a través de la “comunicación”, es un prerrequisito para el encuentro, para “la comunión”. Esto habla de nuestra interdependencia como familia humana y la importancia de los valores en la convivencia. Es el reto de salirse de sí mismo para encontrarse con otro “yo”, conciencia de complementariedad. Una condición básica de la coexistencia, que trasciende lo interreligioso. El diálogo es indispensable en la familia, en la política, en la escuela, en los medios, en la calle y también dentro de las tradiciones espirituales. Constituye un valor en sí mismo, en cualquier ámbito, pero se dimensiona en lo interreligioso, donde debería primar el respeto y el amor al prójimo, por sobre cualquier otra consideración. El deber de convertir el “yo” en “nosotros”, creando lazos, tendiendo puentes, estableciendo vínculos interpersonales.

Un punto fundamental para mejorar el diálogo es un cambio en el vocabulario, todavía muy “infiltrado” de conceptos guerreros. “Luchar”, “combatir”, “vencer”, “conquistar”, “armarse”, etc., resultan términos a contrasentido de una “cultura del encuentro” (5) y la evolución de conciencias. Cooperar, confluir y construir se vuelven palabras claves. Sumamente relevantes desde lo interreligioso, donde son inaceptables descalificativos simplistas. En el pasado el statu quo, que también sufrieron en todos los imperios terrenales las tradiciones hoy milenarias, siempre defenestraron a todo lo nuevo, de valores refrescados, a veces perdidos en dogmas y rituales. En este ítem de adecuación de lenguaje hay una gran tarea por delante. También en un punto todavía previo a la formulación de palabras, donde es necesaria una “revolución” de enfoque y pensamiento, de comprensión, y sobre todo del corazón, en el aspecto de dejar de ver al otro como alguien lejano y hasta “enemigo”, ideología que se remonta a la prehistoria de la civilización. Como reconoce el Preámbulo de la UNESCO (1945): “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Para que las espadas se conviertan en rejas y las lanzas en hoces, como expresa el Profeta Isaías (6), es necesario un “desarme” de discursos, mentes y corazones.

El diálogo entre corrientes espirituales implica un espacio de encuentro para el conocimiento mutuo, en principios y valores, en celebraciones, en tradiciones, que debería permitir reducir prejuicios, superar desconfianzas y comenzar a sanar resentimientos. También para arrepentimientos, por “boicotear” más de una vez la Providencia, y pedidos de perdón mutuos, sin lo cual seguirá alimentándose la primitiva “cultura del resentimiento”, que hace ver al otro como un extraño, una amenaza, o lisamente un “enemigo”. Porque permanecen largas letanías de lamentaciones y reclamos de pasados errores, algunos de varias decenas de centurias y otros más cercanos, que reviven una y otra vez viejos dolores, que deben ser superados y obviamente reparados. Y no cabe aquí la tentación histórica de hacer justicia con métodos de “caza de brujas”, que retrasan el reencuentro de la familia humana. Como dicen las escrituras: supera “con el bien el mal” (7).

La instancia dialógica, tras desterrar miedos ancestrales, es un acontecimiento vital para la existencia y la organización de cualquier sociedad, pero es sólo el inicio de un caminar, para trascender conceptualizaciones o meros intercambios intelectuales de saberes milenarios. La interlocución, más allá de las diferencias, debe conducir a vínculos afectivos y fructíferos. Esta etapa superadora representa un bien social supremo para la convivencia, que se traduce en actitudes y gestos, en compromisos de acción. Para vivir en el servicio auténtico, mandato divino, esencia de todas las tradiciones. La más efectiva educación.

Mandatos

Las distintas confesiones, depositarias de la revelación y resguardo de los valores, predican el amor a Dios y al prójimo, pero persisten desterrados y perseguidos dentro de las propias comunidades de fe, por diferencia de criterios o por fanatismos y fundamentalismos. Afortunadamente siempre reducidos, que subsisten en tradiciones milenarias y recrudecen en nuevas creencias. Aquí es auspicioso reivindicar el diálogo intra-denominacional, en el que falta avanzar todavía más.

En el cristianismo -que entre ortodoxos, católicos y evangélicos reúne a más de un cuarto de los siete mil millones de habitantes- persisten unas 40 mil particiones, algunas aún muy enfrentadas y escandalosas. ¿Cómo lograr el mandato de hace dos milenios: “¡Que sean uno!”? El Concilio Vaticano II constituyó un hito, con la preclara visión de Juan XXIII, quien en “Pacem in terris” expresó este anhelo de modo universal “a todos los hombres de buena voluntad”.

“Amor a Dios y amor al próximo”, resumió en dos los mandatos Jesús, quien desafió a sus seguidores a “amar al enemigo” y perdonar “hasta setenta veces siete” (8). “No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios”, afirma en esta línea “Nostra aetate” (“Nuestro tiempo”), declaración señera de aquel Concilio (9). Imperativo que afrontaron los sucesores del llamado “Papa bueno” y que reafirma ahora Francisco, quien al ponderar las cualidades de un ejemplar pastor argentino pide salir “a las periferias geográficas y existenciales para llevar a todos el amor” (10).

“Creemos en Dios, en cuanto nos ha sido revelado, y en lo que fue revelado a Abraham, a Ismael, a Isaac, a Jacob y a las tribus; y en lo que fue concedido a Moisés y a Jesús, y en lo que fue dado a los profetas por su Señor”, señala el Corán (11), que literalmente significa para el islámico sumisión a la voluntad divina para obtener la salvación y la paz. La Torá, la Biblia, inicia con el relato de la Creación –“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (12) y el mandamiento dado a nuestros primeros antepasados de establecer un dominio de amor en todas las cosas para recibir la bendición divina (13). Mandato presente en tradiciones pre-abrahámicas, en cuanto búsqueda de la verdad y procura del bien, y otras más nuevas, que revitalizan valores a veces petrificados en tradiciones; liberando corazones, refrescando principios y reactivando creatividades.

Lamentablemente, a través de los siglos, en ocasiones, las religiones y sus líderes dieron variadas razones para ser tachados de anacrónicos, por acciones y omisiones. El modernismo encontró justificaciones para una descalificación simplista en el llamado “oscurantismo medieval”, aunque luego las consecuencias del “iluminismo” produjera tantas o más oscuridades bajo la “diosa razón”, enarbolando diversos “becerros de oro” (poder, dinero y otras idolatrías), derivando en interminables confrontaciones e incontables muertes. Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud acusaron a la religión de “opio de los pueblos”, de “generar esclavos” y ser una “ilusión infantil”, respectivamente (14). Y un ateísmo militante se hizo realidad en una cultura hedonista galopante. Lo cual se agravó por divisiones, peleas y por variados divorcios entre prédica y práctica.

¿Por qué se produjeron tantas aberraciones y muertes aduciendo supuestas “razones de fe”? ¿Qué hizo o hace que haya maldad y se multipliquen las luchas? Sin pretender hurgar aquí en el “pecado original”, la distorsión y manipulación de principios, y destapar la “caja de pandora”, es necesario reafirmar aquí la misión primaria de la religión, de alimentar y hacer crecer el espíritu de las personas y el alma de los pueblos. De revitalizar su esencia y cumplir con el mandato de “religar” con el Origen: Dios, o como quiera que se llame en cada tradición. Este entendimiento y práctica, y sea como cada creencia conceptualice la “Primera Causa”, conduce irremediablemente a una relación fraterna y solidaria con los demás. El amor al prójimo es el testimonio genuino de los valores de las religiones para la convivencia. Puntal para reconocer la necesidad del diálogo y el compromiso por la cooperación.

Cooperación

El diálogo es un medio para desterrar todo tipo prejuicios y violencia, hasta el “fin del mundo” del dominio maligno. Particularmente en este tiempo, de evolución de conciencias y reconocimiento de derechos fundamentales. Es trascendental en lo interpersonal y en una comunidad globalizada. Es la base para avanzar a la cooperación, instancia superadora de la competencia individualista, en acciones que confluyan en el “bien común”, propósito de la política, y “amor al prójimo”, norte de las religiones. Esto se vuelve particularmente fundamental ante los graves problemas irresueltos, algunos muy intrincados en lo ancestral y las creencias. La pobreza y la droga, por citar sólo dos flagelos mundiales, de carencias materiales y espirituales, requiere respuestas y tareas compartidas.

Cuando se logra la misión de reconectar con el Origen se llenan vacíos existenciales y no hay otra referencia que la gran familia, diversa como ya lo es una familia tipo, pero unida por lazos de fraternidad. Prima el valor del servicio, que aparca el ego, reduce celos y aplaca rencillas. Para no quedar en una mera disquisición intelectual o una meta aparentemente utópico, en este punto es necesario volver a entender y restablecer la importancia de la célula básica de la sociedad sobre la que se construye comunidad y sin la solidez de la cual la nación resulta una entelequia, la red original y primera transmisora de normas de convivencia, primigenia “escuela del amor” y promotora de los valores, modelo de cooperación.

En una familia, referencia ineludible de interrelación e interdependencia, unos hijos llegan antes y otros después, y cuando esta se extiende se forman naturalmente subgrupos, que pueden conspirar con su mismo propósito. Trasladado a la gran familia global de diversas tradiciones espirituales -donde unas nacieron hace milenios, otras hace siglos y otras tan sólo algunas décadas- pueden darse auspiciosas “amistades”, pero también improductivas comodidades, indiferentes al llamado de un ministerio de fraternidad universal, del corazón por sobre el recelo de lo denominacional o milenario. En este caso es importante recordar que Dios se manifestó en el principio de los tiempos, en el medio del caminar y continúa expresándose hoy. Es lógico considerar que existen “hermanos mayores” y “hermanos menores”, pero no hay “hermanos más importantes” que otros. Los profetas, los enviados de Dios, no sólo hablaron en los libros sagrados de hinduistas, budistas, judíos, cristianos y musulmanes, sino de otras denominaciones con el mandato de “religar” y canalizar amor. Porque Dios está vivo, y Su mensaje se renueva constantemente como “Hacedor de la historia”, quien le imprime sentido.

Cooperar es “obrar juntamente con otro u otros para un mismo fin” (15). Mahatma Gandhi, honrado en India como padre de la nación y líder de la resolución pacífica de conflictos que inspiró a otros dos “gigantes” de la reconciliación como Martin Luther King y Nelson Mandela, decía: “Una gota de océano participa de la grandeza de su origen, aunque sea inconsciente de ese hecho. Ella se seca, sin embargo, tan pronto como asume una existencia independiente del océano”. “La ley del ser humano no es la competencia mortífera, sino la cooperación vivificante”, expresaba en otros términos, quien buscaba el desarrollo de su ser en la presencia de Dios (“Moksha”) y practicaba la “fuerza de la verdad creativa” (“Satyagraha”) (16).

Cooperar en clave interreligiosa también implica dejar supuestas amenazas de identidades, miedos de sincretismos y equiparaciones. Trascender exclusivismos y autosuficiencias, arrogancias, porque remite al compromiso con el otro, un gesto de humildad. Este es siempre el primer desafío, desde el mismo origen, cuando Dios interpeló a Caín por la suerte de su hermano menor (17). Es dejar la actitud defensiva para abrir la mente y el corazón y construir puentes, para celebrar la vida de una productiva diversidad. Salir de la miseria, carencia de vitalidad espiritual, para recuperar el entusiasmo, de tener el Amor dentro, para iluminar y abrazar. Este es un punto nodal del diálogo y la cooperación, que el corazón es la vía para abrir puertas y reconstruir caminos, en la conciencia que somos seres espirituales eternos que vivimos una experiencia físico-temporal. La razón iluminará para restaurar la justicia con el estandarte de la verdad. El calor viene de la luz, pero centrarse en “razones” o en dogmas de las tradiciones es “caldo de cultivo” de más divisiones.

Es la comprensión de la interdependiente en una sociedad globalizada, que somos una gran familia bajo un mismo “Principio divino” (18), más allá de todas las diversidades y consideraciones. Esto es lo que hace surgir con fuerza el compromiso y la voluntad colectiva de poner fin a todos los conflictos y dejar atrás para siempre la regresión primaria de la lucha y la pelea. Esta convicción redunda en buen trato, destierra la soberbia del descarte de otros seres, en respeto por la vida, como sagrada en su totalidad. Ayuda en la reconexión con la “madre tierra”, de la que hablan los pueblos originarios y en otros términos ciertas culturas orientales, que todavía sufre “dolores de parto” (19). El tercer puente a reconstruir luego de restablecer la conexión con Dios y con los demás. Este entendimiento revoluciona el pensamiento, señala nuevos hitos en la historia y brinda contenidos inagotables para enseñar. Inaugura una nueva forma de conducir, de gobernar, de liderar.

Liderar

La ONU, conformado por los representantes políticos de cada nación tras la segunda Guerra Mundial, no ha podido garantizar en la actual lucha de poderes e intereses establecidos, su noble misión de paz. Mientras recrudecen los conflictos se renueva la imperiosa necesidad de actualizar su estatuto fundacional al presente contexto para revitalizar su sentido. Tras las fallidas ilusiones de un hombre y un mundo nuevo, asentado en sendas ideologías políticas-económicas en confrontación que dogmatizaron y absolutizaron la “libertad” y la “igualdad”, el multilateralismo tiene ahora la oportunidad de ampliar sus horizontes bajo la bandera de la “fraternidad”. Ningún sector de la sociedad y de la comunidad internacional puede quedar excluido en la actual conciencia de interdependencia. Nadie está libre de responsabilidades en el presente contexto, para poner fin a las inequidades y completar “la esperanza de todas las eras, un mundo unificado de paz” (20).

Durante el 2013 se produjeron decenas de miles de muertes por guerras y otros conflictos y se estima en unos 45 millones los desplazados ante el fracaso de las vías políticas-diplomáticas (21). Siria y la amplia región de Medio Oriente, por citar sólo un caso paradigmático, son una afrenta para todo mortal y un escándalo para todo creyente. Porque en “Tierra Santa” -donde caminó “el padre de la fe” Abraham, Jesús y tantos profetas hace milenios y en la actualidad- siguen muriendo miles de personas, con más de 100 mil niños huérfanos y millones de refugiados. Allí hacen falta nuevos y más pasos, como el histórico abrazo de hace medio siglo en Jerusalén entre Pablo VI y el patriarca ecuménico de Constantinopla Atenágoras I. Esto permitió inaugurar “relaciones fraternales” entre católicos y ortodoxos y dejó atrás un milenio de divisiones, agresiones y excomuniones mutuas. Francisco reeditará aquel gesto en mayo próximo con renovada esperanza de ampliar reencuentros.

Las religiones, por mandato divino y coincidencias asentadas en valores universales, pueden y deben hacer su aporte a la paz. Porque cada creencia habla de un Dios, que es Padre de todos; señala que somos partes de una misma familia humana y que tenemos un destino común. En este sentido, los religiosos son los primeros y máximos responsables de la convivencia humana, de encontrar una respuesta a los incontables problemas todavía vigentes, locales y globales, donde prevalecen y se entremezclan variados intereses políticos, ideológicos y materiales. “Es imperativo empoderar a la mayoría moderada para que actúe con firmeza contra las fuerzas del extremismo. No obstante, esto solo puede lograrse mediante un liderazgo firme”, afirmó Ban Ki-moon, Secretario General de la ONU, con motivo de la Semana de la Armonía Interconfesional 2013, una valiosa iniciativa que instrumentó el organismo multilateral consciente de la importancia del entendimiento interreligioso para la resolución de conflictos (22). Porque vale la pena enfatizarlo aquí, fanatismo e ignorancia son dos de los mayores muros a superar para que la humanidad pueda abrazarse. Estas murallas son aún más rígidas que el otrora vergonzoso Muro de Berlín durante el largo proceso que dividió el mundo en dos bloques políticos-ideológicos y el Paralelo 38, que todavía separa absurdamente al pueblo coreano, último vestigio de la Guerra Fría. En otros términos: En las líneas conciliadoras de las distintas tradiciones está la encarnación de la Palabra y la práctica de los Mandatos divinos. Las posibilidades del diálogo y la cooperación para liderar la paz.

Estos valores, en el actual contexto de conflictos diversos, constituyen elementos indispensables para la gobernabilidad en cualquier nivel y sector. Lo cual requiere riqueza interna y elevadas convicciones. No sirve cerrarse en posiciones de sillón y cuestiones de mando. Ayuda sobremanera concebir el poder como servicio, para el desarrollo del ser y el progreso humano, alejado del concepto de dominar y controlar del antiguo paradigma centrado en el miedo. Esta nueva concepción exige ampliar la capacidad de escucha, apertura mental y espiritual. Más cercanía al ser humano concreto, a sus problemas y aspiraciones más profundas. En ejemplos, más que en palabras, fundamentados en gestos y acciones. Como sal y luz del mundo. Para lo cual, como se decía al inicio, es imprescindible fortalecer un lenguaje más cercano al espíritu que a la letra, a la compasión que a la fácil condena y crítica; a la primacía del amor, que predican todas las tradiciones. Que es comprometerse firmemente con la “cultura del encuentro”, bajo la visión del único Dios, que abre mentes y brazos, y permite dejar definitivamente en el pasado la “lógica del poder” y del interés propugnada por el paradigma de la confrontación y la “lucha” interminable.

El Papa Francisco, quien adoptó el nombre del humilde de Asís en una época igualmente ávida de ineludibles cambios, puso la vara bien alta respecto de estos valores en el andar de un nuevo milenio. “Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes. Este diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto es un deber para los cristianos, así como para otras comunidades religiosas”, expresa en su primera exhortación apostólica “El gozo del Evangelio”, donde pone foco en el imperativo misionero y la alegría de anunciar las “buenas nuevas” al mundo (23).

El actual obispo de Roma, quien “no se quedó en la sacristía a peinar ovejas” (24) desde antes de asumir el ministerio petrino, es hoy un “pastor con olor a oveja” global (25), faro que ilumina con claridad los valores a encarnar para liderar el cambio, en el compromiso cotidiano y en el mandato original de amor universal. Destila sabiduría y misericordia, se expresa en perspectiva interreligiosa y de un modo que todos lo entienden, porque habla desde el corazón: cercano, humilde. A veces como padre, otras como hermano o amigo. Invita a “salir de la cueva del «yo-me-mi-conmigo-para mí» del egoísmo mezquino que todos tenemos” (26), al que se suman auspiciosamente voces y gestos de referentes sociales y espirituales, uno de los positivos signo de los tiempos, para caminar decididamente juntos hacia el valor supremo de la paz. Y aquí también es justo destacar la grandeza de corazón y espíritu en el más alto nivel de liderazgo, que mostró su predecesor Benedicto XVI, quien tuvo valor para dar un oportuno “paso al costado” para pasar la antorcha, gesto escaso por estos tiempos, donde priman mezquindades y pretensiones de eternizaciones en el poder.

Parece lejano, pero todavía resuenan en nuestros oídos sirenas de una conflagración de dimensiones incalculables, que los especialistas anticiparon como la potencial Tercera Guerra Mundial. Pero cuando nuevamente se preparaban cañones y misiles para repetir la historia de intervenciones, invasiones y el antiguo paradigma de la guerra una voz se levantó y lideró otra propuesta. Movilizó Cielo y Tierra conducido por el Espíritu. Movió la diplomacia vaticana e interactuó en el ámbito político. Resultó clave la carta enviada el 4 de septiembre a Vladimir Putin, Presidente de la Federación Rusa, quien presidía en San Petersburgo la reunión del G-20, que congrega a las 20 máximas potencias económicas mundiales, a quienes implora que “abandonen cualquier vana pretensión de una solución militar” (27). Pero Francisco movilizó sobre todo las fuerzas espirituales convocando para el 7 de septiembre a una jornada de ayuno y oración “por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero” (28), a la que se sumaron hombres y mujeres de buena voluntad de todas las religiones. Y el poder del amor se sobrepuso, en lo que significa un quiebre histórico de dimensiones extraordinarias que recién será ponderado en toda su magnitud con el paso de los años. Pero si bien es cierto que se frenó la guerra, con todos los aleluyas que esto significa, lamentablemente, la paz no está garantizada, ni en Siria, ni en Medio Oriente ni en el mundo, hasta tanto la fraternidad se encarne en las estructuras de poder, en las mentalidades y en los corazones.

Bien vale la pena recordar para finalizar, pensar en un mundo ideal de paz, el ansiado Reino de los Cielos que anuncian los religiosos, sólo para un grupo es tan ilusorio como reducir a Dios a nuestras conceptualizaciones y conveniencias particulares. Para liderar hacia el destino común, trasponiendo los mares rojos de incomprensiones e ignorancia y atravesar los desiertos de indiferencias e fanatismo, es preciso orar, dialogar y cooperar con lo Alto, la Verdad primera y última donde brota la luz, quien conduce los acontecimientos y el caminar a la nueva Jerusalén, hacia donde peregrina toda la humanidad. “¡No hay nada que no podamos hacer si nos motivamos juntos centrados en el ideal de Dios para la paz! El futuro de la humanidad está en nuestras manos” (29). Para lo cual es necesario trabajar incansablemente “por el bien común que la enorme dignidad de cada persona se merece como hijo de Dios” (30), por este Nuevo Cielo y Nueva Tierra de abundancia, de felicidad y alegría plena. Como lo dice el mandato divino, para todos los hacedores de paz: “Esfuérzate y se valiente” (Josué 1), para gozar de la “Tierra prometida” (31), donde florezca definitivamente el olivo de la paz, fruto del amor (32). “Donde hay voluntad, existe un camino, especialmente si se trata de la voluntad de Dios” (33).

(*) Lic. Miguel Werner

Secretario General UPF Argentina

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