Experiencias Personales

El chico con el perro

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

Cuando uno cumple años indefectiblemente los recuerdos vienen en tropel. Y cuanto más se avanza en la edad las historias vividas cobran significados nuevos. Lo que otrora se vio de una manera particular, con los años cambia, se delinea de formas distintas. Así se van moldeando las vivencias a medida que maduramos o aprendemos a ver los hechos con otros ojos, que, para el caso, es lo mismo que madurar.

Mi vida de fe cuando era adolescente me llevó por espacio de algunos años a la ciudad de Córdoba. Allí pasé momentos lindos, buenos, inolvidables. Podría escribir un libro con las experiencias vividas en “la docta”, tal como se la conoce a la ciudad de Córdoba capital. Junto con mis hermanos y amigos recorrimos sus calles para ganarnos la vida y buscando personas que se sintonizaran con lo que nosotros creíamos. Tarea nada sencilla, como comprenderá. Afortunadamente ese estilo de vida nos permitió conocer de cerca de las personas, esas gentes que suelen no aparecer en los programas con mayor rating en televisión.

Y es quizás por esto de haber cumplido un año más que los recuerdos me invadieron. Recordé de forma general esos días soleados caminando por esas calles pobladas por una incontable cantidad de personas, y de forma particular un recuerdo, una experiencia precisa apareció dando vueltas cuando la creía olvidada. Terrible cosa nuestra cabecita, pareciera que todo queda almacenado allí; eso me aterra, ciertamente. Hubo una suceso, algo que pude observar en esas recorridas que había quedado almacenado e algún sitio, y por alguna razón, aflora en estos días.

Recuerdo que el día era hermoso. Hacía calor, y todos los habitantes del barrio en el que estábamos con el grupo de hermanos vestían ropas livianas. No recuerdo el nombre del lugar, solo sé que sus calles eran muy desniveladas. Todo el barrio parecía haber sido edificado sobre sinuosas lomas, lo cual hacía que sus veredas fueran por demás irregulares. Había varios escalones entre una casa y otra, y así se repetía por todas las cuadras. Le recuerdo yo y mis piernas, créame. Cuando nos tocaban esos terrenos tan irregulares era una verdadera travesía llegar a la esquina donde estaba la cima, solo para observar allí un cenit aun mayor.

Ejemplo de cómo eran las veredas del citado barrio en Córdoba

Por una de esas veredas iba yo cargando mi humanidad cuando pasa un niño que venía detrás de mí. Tendría unos 6, 7 u 8 años, no lo recuerdo con exactitud. Venía acompañado de otro chico, probablemente un amigo. Yo había tocado el timbre de una casa, y estaba esperando la posible aparición del propietario para ofrecerle alguna mercadería. Cuando lo observo al chico noto que sostenía una cuerda con su mano derecha. Al extremo de la misma estaba atado un cachorrito de perro. El can no era de raza, sino más bien clase perro, pero sí recuerdo que era muy chiquito. El chico, absolutamente absorto en su destino y en la charla que sostenía con su amigo, no había notado que el animal, por ser tan pequeño, no había podido seguirle el paso. Por lo que pude ver, el pobre cachorro había dejado de vivir varios metros atrás, aunque su propietario parecía ajeno a esto.

Miré fijamente al niño con la intención de decirle algo, pero me contuve. El chico era absolutamente inconsciente de lo que pasaba. Además, alguien se acercaba a la puerta. Recuerdo que le ofrecí el producto a la persona, la cual entró a buscar el dinero. Seguí observando al niño, que entraba más adelante a un comercio arrastrando al pobre cachorro. Me entristecí mucho por lo que había visto, aunque ese día creí que era solo por el hecho de amar como amo a los animales. Sin embrago, hoy ese recuerdo me mueve a reflexiones que ese día no tuve, y quizás explica los motivos de mi tristeza.

Cuando hoy pienso en ese chico no puedo dejar de asociarlo a mi vida de fe. Quizás Dios me mostraba a través de ese niño lo descuidado que yo mismo era y soy con los regalos que Él me había dado tan generosamente. Ese chico no había destruido su regalo por malo, sino por ignorante. ¿Cuántas veces yo mismo he destruido los regalos que Dios me dio por ignorancia? ¿Cuántas veces no fue por ignorancia, sino por maldad? ¿Se podrá aplicar esto a todos o solo a mí?

No obstante estos recuerdos, uno trata a diario de seguir adelante. A veces no reconocemos los regalos de Dios en nuestras vidas. A veces creemos que eso que nos pasa es una carga, y tal vez se nos quiera decir algo. Aquél perro dejó de ser parte de los vivos hace más de 25 años. El niño habrá crecido, hoy debe ser un joven de más de 30 años quien de seguro ni debe recordar aquel episodio. Ese chico y ese perro volvieron a mi memoria una vez más, aunque con un significado distinto. Espero no seguir por la vida arrastrando descuidadamente los regalos que Dios me ha dado.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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8 replies »

  1. Hola Ricardo, me gustó mucho tu reflexión. Compartiré tu historia, ya que hay muchas personas a las cuales seguramente les llegará a sus corazones… Cada minuto de nuestras vidas es un regalo del Cielo, cada amigo, cada hermano, todo a nuestro alrededor es un regalo de Dios… y debiéramos atesorarlo, cuidarlo y agradecer. Con tu permiso, compartiré esta bella reflexión con mis amigos/as. Saludos!!!

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  2. ¡Qué bonitos recuerdos en el tiempo!. Experiencias vividas con la alegría y entusiasmo de la juventud, derrochadas para quel entonces…y que de alguna forma, nos ayudan a medir o comprender, donde estamos espiritualmente.

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  3. Don Ricardo leer su reflexión también trajo a mi cabeza muchas experiencias vividas, y me parece muy acertada su afirmación de que la forma en que uno aprecia sus experiencias cambia con el tiempo, en mi experiencia antes tenía una visión de juicio que hoy he cambiado puedo decir que no asumió la experiencias como bueno o malo, gracias por enriquecer mi vida.

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