Opinión

Un amor inimaginable

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

Hoy es Domingo de Pascuas. La población cristiana (y muchos judíos que creen en Jesús) celebran que Cristo ha Resucitado de entre los muertos. Con él, y ahí el motivo de la celebración, resucitan todos aquéllos quienes creen en que Jesús murió por y para ellos. A esta altura del desarrollo humano veo tres tipos de celebraciones:

1 Cristianos devotos que creen sinceramente en Jesús.

2 Cristianos y seculares que siguen esta tradición como quien ve crecer el pasto.

3 Homúnculos que se mofan de esta creencia.

En el primer caso, hay que decirlo, la población se siente como que pertenece a otro planeta. Ve a su alrededor y siente el dolor que siente todo aquél que tiene un gran mensaje y no puede multiplicarlo. Saben que tienen las Primicias, pero se chocan de frente con una sociedad acéfala que se resiste a recibirla.

En el segundo lugar, muchos creyentes repiten como loros algunos versos escritos sin siquiera tomarse un segundo para analizar el corazón de la letra. Se mueven como autómatas hacia los lugares de reunión y repiten el dogma cual latiguillo sin pensar un instante en la profundidad de lo que hacen. Y están quienes se suben a estas celebraciones por la puerta trasera, no creen en nada, pero si algo se celebra no importa si es Halloween, San Patricio, Navidad o a besar piedras en Stonehenge. Todo da lo mismo.

Y existe una tercera categoría. Estos seres utilizan miles de años de evolución para mofarse de las creencias más arraigadas de la raza humana. Solo creen en lo material, aquello que pueden tener entre las manos. Jamás podrán crear nada de eso, ya que carecen de la inteligencia para hacerlo, pero lo disfrutan al máximo. Utilizan programas que otros inventaron para alterar imágenes de Jesús y ponerle cara de “meme”, arrojando por estribor y sin compasión miles de años de sufrimiento. Nada los conmueve, todo es aleatorio, excepto la fatuidad de las cosas materiales.

Resulta muy difícil en estas fechas hacer análisis objetivos. Cuando uno mira alrededor y ve ciertas actitudes siente que el corazón se le estruje y chorrea. Y no puedo menos que preguntarme: ¿cómo se hace para digerir esto? ¿Cómo hacer para seguir día a día atravesando las barreras del odio y la estupidez? ¿Esto que vemos es el pináculo de la evolución? Hoy no podría dar una respuesta. Lo que sí puedo hacer es volver a las fuentes, para buscar allí algo que no sea consumismo desenfrenado y costumbres anquilosadas con forma de huevo de chocolate.

Y la fuente me dice que debo creer en Él. Para mí es casi imposible amar a cierta gente, pero Jesús sabía esto, lo conocía en carne propia. Sabía lo ladino y traicionero que el hombre era y es. De hecho, Jesús pudo amar no ya a quien se pudiera mofar de él, sino a ese que lo clavó en el madero, a esos que lo traicionaron, a esos que le dijeron Maestro. Tenía razones más que suficientes para no amar, pero los amó igual. Ese tipo de amor me resulta inalcanzable, inimaginable para mí hoy. Y termino sintiéndome mal ya no por los imbéciles que alteran una imagen de Jesús en la web, sino por el hecho de que mi corazón dista años luz del de Cristo.

Unas Pascuas más. Poco a poco la humanidad se va resistiendo más y más a todo lo religioso. Quizás el verdadero cambio empiece a ocurrir cuando quienes decimos amar y creer en Jesús logremos llegar a aceptar y amar a todos. Por el momento, al menos en mi caso, sigo participando.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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