Experiencias Personales

Una tarde de suerte

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

He contado varias historias referidas a mis experiencias viviendo en Sierra de los Padres, Mar del Plata. Casi siempre algún perro acompañó esas historias, ya que, como dije, vivía solo con mis padres. Por entonces pasaba mucho tiempo dando vueltas a la deriva, como consecuencia de esto, los pobres vecinos vivieron momentos de terror que de seguro marcaron sus vidas para siempre. Pero no solo las familias linderas tuvieron que atravesar por períodos difíciles, sino que casi todos quienes habitábamos esa zona alejada del casco céntrico de la ciudad debimos experimentar alguna que otra vicisitud.

Ese día, no recuerdo el por qué, mi padre me había puesto a limpiar con una pala los canteros de los muchísimos árboles que se habían plantado en la propiedad hacía pocos días. Era una tarea que requería de mucho tiempo, tiempo que se debitaba de mis juegos. Seguramente esa condena habría ocurrido como consecuencia de alguna travesura ínfima, irrelevante. ¿Quién de chico no rompió un ventanal de tres metros cuadrados de un piedrazo? Por favor, los padres nunca comprenden lo que es divertirse. Lo cierto es que la tarea había sido impuesta con dictatorial orden, y debía ser cumplida. Si mal no recuerdo, este evento ocurrió en el año 1975, razón por la cual quizás se expliquen, cual premonición, esas tendencias a imponer tareas de facto.

Allí estaba yo, a plena mañana sudando como reo, haciendo el trabajo por el cual mi padre cobraba un sueldo, y por el cual yo seguramente no vería ni una moneda. Mientras maldecía mi vida pensaba en la lista de aventuras que se me estaba atrasando. Algunas de esas actividades tenían fecha de vencimiento, ya que si no quitaba, por ejemplo, las botellas de leche de algunos portales en el momento justo, luego ya era tarde. Pero al micro dictador nada le importaban esas cuestiones, solo quería verme allí sacando maleza. Es interesante como aquello que hoy veo como educación, por entonces lo veía como dictadura lisa y llana.

Sierra de los Padres, Mar del Plata, Argentina

Estaba cumpliendo con mi tarea, refunfuñando, pero cumpliendo al fin, porque en aquellas épocas la palabra de un padre era sagrada, cuando veo aparecer a mi perro. Hasta entonces el muy cobarde había acomodado su osamenta a la sombra, y desde la comodidad del fresco me observaba deslomarme como si no fuéramos compañeros. Por un momento quise gritarle, pero luego comprendí que el pobre animal no podría haberme ayudado en nada, así que lo ignoré por completo. Pero de repente lo ví ponerse de pié. Mientras secaba con la remera la transpiración que caía por mi frente observé que “el Sultán” olfateaba algo. Sigilosamente lo vi acercarse a mi. Mientras estuvo lejos caminó normalmente, pero a medida que se acercaba lo vi adoptar una posición más agachada, con sus pelos del lomo de punta, como cuando quería atacar a alguien. Me pregunté qué rayos le pasaría. Seguramente conmigo no sería el problema, al menos eso esperaba. ¿Se habría ofendido por los vituperios que le había proferido? No, afortunadamente no era eso.

Llegó hasta mí sigilosamente. Yo estaba acodado en la pala, mirándolo por sobre mis anteojos. El Sultán llegó muy despacio, casi arrastrándose, y me tomó decididamente con sus dientes de la botamanga del pantalón. Para mi asombro, el animal mordió mi pantalón y tiró fuertemente hacia él. Esto hizo que mi pierna izquierda se elevase unos centímetros, justo hasta la altura del hocico del can. Con mi mano traté de quitarlo, pero él se resistió. No quise pegarle, así que metí las dos manos en su boca para abrirla y sacar así el pantalón. Pero el Sultán no se dio por vencido, volvió a morder y continuó jalándome hacia él. Por un momento sentí ganas de pegarle un zapatazo, ya que obviamente quería jugar, cosa que yo no podía hacer. Seguramente se había cansado de estar tirado en la sombra y le habían entrado deseos de retozar. Pero yo tenía trabajo que hacer. Volví a tratar de alejarlo, pero el perro gemía cada vez que lo hacía. Finalmente me cansé. Lo alejé y giré para seguir con el árbol siguiente teniendo como fondo los ladridos del animal. Cuando giré comprendí el motivo de los ladridos y del comportamiento del Sultán.

A pocos centímetros de mí, una enorme víbora yarará me observaba enroscada. Tenía su cabeza inclinada hacia atrás, adoptando la típica posición de ataque. Me quedé helado, parado allí sin saber muy bien qué hacer. En ningún momento se me ocurrió que tenía una pala en mi mano, y que con ella podría haberme defendido, solo me quedé parado. Por mi espalda corrió un río de sudor frío, y un miedo ancestral me invadió. Miles de opciones pasaron por mi cabeza, pero ninguna lo suficientemente válida. El reptil estaba demasiado cerca, así que debía ser cuidadoso. Siempre había creído que mi vida era una mierda, pero en ese instante lo corroboraba. La solución a ese momento aparentemente eterno vino por parte de mi perro, quien hizo algo que nunca creí llegar a ver en un animal.

Mientras yo estaba allí parado como una estatua, el Sultán había retrocedido lentamente. Con el rabillo de mi ojo izquierdo lo ví pasar por mi costado, iba casi al ras del piso. Muy lentamente se puso detrás de la yarará, aunque alejado varios metros. Pensé por un instante que si yo hubiese sido él me alejaría con paso de murga, dejándome librado a mi suerte. Por suerte los animales no son rencorosos como nosotros. Se alejó, según recuerdo, unos seis o siete metros. Desde allí empezó a correr hacía nosotros, la víbora y yo, cada vez a mayor velocidad. No sabía qué demonios hacía, pero solo podía observarlo indirectamente, y confiar en él. Con la velocidad de un rayo apareció por detrás de la serpiente y la tomó justo debajo de la cabeza, pasó de largo agitando su cabeza fuertemente sin soltarla. El espectáculo era increíble. La mantuvo en su boca unos segundos, los suficientes como para quitarla de mi cercanía, y luego la soltó. La venenosa amiga salió disparada como una boleadora hacia el cielo, para aterrizar despatarrada, si se me permite el término con un ser carente de patas, a lo lejos.

Aun hoy no estoy seguro de haber tomado conciencia de lo ocurrido. Yo seguí parado unos instantes. Luego tomé la pala y le corté la cabeza, a la víbora. Quizás hoy no lo haría, ya que en realidad ella estaba en su territorio, el intruso era yo. Luego aprendí que ellas solo muerden si se las pisa o si se sienten amenazadas, como cuando un tarado con una pala se aproxima. Pero por aquellos años mi capacidad de análisis no era el mejor, y mi conexión con la naturaleza era muy limitada. Lo cierto es que aun hoy le debo, quizás, mi vida al Sultán. Por esos días no resultaba sencillo encontrar suero antiofídico, así que más de uno pasó al otro barrio al ser mordido por uno de estos animalitos de Dios. Algunos se preguntan por qué quiero tanto a los perros. No solo por este evento, sino por muchas más cosas, aunque este acontecimiento ciertamente ayudó, y mucho. Ese día hubo caricias extras para el Sultán, y un eterno agradecimiento.

A mi lado el Sultán, el héroe de ese día

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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