Opinión

Niños sin identidad

Escribe desde México: Licenciada Alejandra Diener(*)

Alejandra Diener

Antes de que nazca un niño lo primero que hacemos los padres es pensar en un nombre para este nuevo miembro de la familia. Si es varón le pondremos tal o cual y si es mujer perengana o zutana. O al menos eso es lo que normalmente sucede, no así en 1982 cuando el nueve de abril un niño nació en Bloomington, Indiana. Un bebé que no traía las noticias que la mayoría de los papás esperamos cuando llega ese pequeño que aguardamos durante nueve meses.

Las noticias no eran nada gratas, el bebé tenía una polipatología, es decir, múltiples enfermedades; Síndrome de Down, fístula traqueo esofágica y atresia esofágica. Que en pocas palabras, el bebé si tomaba líquidos sus pulmones se llenaban de agua y si comía, el alimento no llegaba a su estómago, a parte venía acompañado del retraso mental característico de un neonato con trisomía veintiuno.

Entonces, los padres de este bebé que no le habían puesto nombre, hablaron con el médico obstetra que lo había atendido y éste les dijo que una operación bastante sencilla tenía un 90% de probabilidades de éxito, lo cual le permitiría al bebé poder beber y comer naturalmente sin afectar su salud, pero les comentó que “no tendría una calidad de vida aceptable debido al severo retraso mental que tenía a causa del Síndrome de Down”. Al respecto y relacionado con este comentario, los padres decidieron no operar al bebé.

El caso se volvió público, llegó a todos los médicos del hospital y no estuvieron de acuerdo con la pragmática decisión. Por ello se reunieron con los directivos y con un Juez de Bloomington para pedir que se le otorgara al niño un tutor ad litem, a lo cual el magistrado negó la petición. El abogado del distrito intervino y apeló tal decisión a la Corte del Condado, y luego de perder, apeló a la Corte Suprema de Indiana. Ambas apelaciones fallaron y cada una de ellas otorgó la jurisdicción a los padres. Luego se apeló a la Corte Suprema Federal de los Estados Unidos para una intervención de emergencia, pero el bebé murió a los 6 días de edad, antes de llegar el caso a Washington DC.

Es una historia verídica, que causó tanta polémica que se le denominó el caso Baby Doe (Bebé sin identidad) porque los padres se mantuvieron en el anonimato y el bebé nunca tuvo un nombre. Y también porque fue un claro caso de eugenesia, de discriminación y de ilegalidad. Un caso que catapultó la Ley Baby Doe, que defiende a los seres humanos nacidos con una discapacidad para que no sufran de abuso o negligencia, más que de discriminación.

En 1984 dos años después del trágico desenlace, podemos constatar que un mártir sirvió para salvar a otros inocentes que han nacido desde aquél nueve de abril en que sus padres cegados por el utilitarismo y las corrientes eugenésicas que determinan quien vale y quien no, que deciden qué es la vida al decretarla como si fuera un estado cambiante, cuando en realidad no cambia en matices ni da saltos cualitativos, simplemente está o no está presente, optaron por no defender la vida de su propio hijo por ser “imperfecto”.

No obstante, fue insuficiente con esta Baby Doe Rule, por ello en 2002 el presidente George W. Bush firmó el BAIPA (“Born Alive Infants Protection ACT” por sus siglas en inglés) que otorga protección legal al recién nacido; defiende y asegura la vida de cada niño nacido vivo, inclusive el que sobrevive a un aborto provocado/inducido fallido.

Las cosas de la vida suceden y siempre acontecen por una razón, pero es buena, por más mala que pueda parecer en su momento, pero nada es casualidad, sino una nueva posibilidad. Este bebé murió para salvar otras vidas, para mover la conciencia de más personas y sobre todo para dejarnos una lección que más allá de un ser humano con un defecto congénito, es un llamado a darnos cuenta de la dignidad de una persona humana, que participa de la espiritualidad del alma. Que no solo somos carne sino espíritu también y que se nos debe de respetar como tal, como templos vivos de esa espiritualidad.

Por ello desde una perspectiva filosófica antropológica el respeto al cuerpo humano es imprescindible, no podemos reducirnos a objetos que sirven o no, que vale más o menos, la persona vale simplemente por el hecho de existir y mientras no nos demos cuenta como especie que esto es una realidad, seguirá habiendo niños sin identidad.

Nos leemos la semana que entra para no quedarnos atrás y ver hacia delante.

Fuente

(*) Madre y esposa *Escritora *Lic. en Economía *Orientadora Familiar *Conductora y Productora de Informando y Formando Radio.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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