Experiencias Personales

Los Vengadores

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

Hacia finales de la década del 60, más precisamente el año 1968, los horarios destinados a la siesta eran sagrados. Para algunos padres parecía ser una cuestión de Estado conseguir que sus hijos se acostaran “aunque sea una horita”. Ellos sabían que durante el tiempo que duraba esa tortura no pegábamos un ojo, ya que nuestras mentes querían volar; pero, por motivos más allá del alcance del conocimiento humano, obstinadamente insistían en que nos metiésemos en la cama o nos arrojásemos bufando sobre algún sillón. Cuando podíamos saltear la mencionada cabeceada, o al finalizar la misma, nos dedicábamos a hacer lo que para un chico es lo más importante: Jugar.
Como ya conté en algún otro artículo, las tardes de juego con mis primos en la localidad de Quilmes eran memorables, al menos para nosotros. Las tardes traían ese olorcito a vegetación y tierra que aun hoy me parece percibir. Los ruidos no eran tan penetrantes como ahora, permitiéndonos concentrarnos de forma óptima en nuestras tareas. Podíamos salir a las veredas sin el estricto control parental, ya que, como siempre, ocurrían cosas malas, pero no se les daba la preponderancia y la repetición constante que tienen hoy. Esto nos permitía crecer sin paranoias, aunque esa momentánea carencia no impidió que las psicosis viniesen más adelante a nuestras vidas en tropel.
Las fuentes de inspiración para realizar nuestros juegos provenían de la televisión. Por entonces no había Internet, celulares de última generación y ningún artilugio electrónico con el cual iluminarnos, razón por la cual debíamos usar la imaginación. Los programas que más nos inspiraban eran justamente los que por esa época podían verse en los horarios centrales por la TV: “El Súper Agente 86”, “La Familia Ingalls”, “Kung Fu”, “La Isla de Gilligan” “El Prisionero” “Mi Marciano Favorito” y unos “Batman y Robin” de dudosa masculinidad y con bailes a go-go. Un párrafo aparte podría hacerse con la candidez manifiesta de aquéllas series. En ellas se trataban temas de valores humanos, familiares, virtudes, etc. Tan distintas a las de hoy. Pero mejor no entremos en esos asuntos.


De todas esas entrañables tiras había una que le atraía particularmente a quien era la ideóloga de nuestros juegos: mi prima Miriam. Ya me he despachado en otras ocasiones sobres las tendencias maquiavélicas de la susodicha, así que no ahondaré demasiado sobre ese aspecto. A ella le atraían los personajes de la serie “Los Vengadores”, esto por la sencilla razón de que eran un hombre y una mujer. Emma Peel y John Steed pasaban a ser nuestros nombres “de mentirita” por algunas horas esas tardes calurosas de verano.
Las puestas en escena eran ilustres. Luego de haber visto la serie, tratábamos de emular los acontecimientos que allí se habían desarrollado, aunque las carencias de vestuario, armas, decorados etc. eran contundentes. Toda esa escasez era suplida, como ya dije, con nuestra frondosa imaginación. Resultaba particularmente risible vernos actuar, ya que la obra se iba desarrollando no con antelación, como cualquier obra teatral que se precie, sino que se movía de acuerdo a lo que en ese preciso instante queríamos. “Y dale que ahora pasa esto” “Vos ahora andá para allá” “¿Y dale que vos ahora te caías para acá?” Y así hasta el cansancio.
Claro que si nosotros éramos los héroes, debía haber al menos un villano. Ese papel recaía indefectiblemente en el más chico de los tres: Walter. El pobre era el único que siempre debía vérselas con esos roles destinados a perder y a ligarse algún que otro mamporro. Los lugares estelares ya estaban reservados para nosotros, razón por la cual su posición no era negociable. Si bien era un juego, algunas veces los golpes resultaban muy reales, y en esas ocasiones el pobre villano salía corriendo en medio de sonoros llantos en búsqueda de su madre. A los pocos minutos se lo podía ver al otrora malo de la película enjugándose los mocos, mirándonos con la cabeza gacha y aferrado al delantal de su madre, quien nos amenazaba con castigos reales si no jugábamos con el chico sin golpearlo. Miriam y yo nos mirábamos azorados, sorprendidos, como buscándole una explicación a tamaña calumnia, ya que “ni siquiera lo habíamos tocado”.
En medio de esos juegos éramos ignorantes de que los adultos pergeñaban éxodos familiares y demás elucubraciones. Éramos ajenos a todo aquello que se estaba cocinando, simplemente nos dedicábamos a pasar nuestros días haciendo aquello que más nos gustaba sin tener conciencia de lo que vendría. Quizás nunca dejamos de ser como esos niños, quienes desconocen lo que vendrá y siguen jugando como si nada fuera a pasar. No sabíamos que la vida nos separaría infamemente, sin siquiera consultarnos. Lo cierto es que esas tardes de juegos entre nosotros y algunos vecinos del barrio nos marcaron para siempre. En mi caso recuerdo con nostalgia esas épocas tan inocentes, en donde los juegos eran solo eso. Pero la vida tiene sus propios planes, y para esos planes que se estaban gestando, no había superhéroe que no ayudara.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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