Experiencias Personales

Si querés llorar, llorá

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

Si usted es lector asiduo de este humilde blog quizás haya leído un cuento de mi autoría cuyo título es “Una historia simple”. En él relato la historia de un perro que es abandonado, pero que luego regresa a su casa. Si quiere saber más del asunto tómese el trabajo de leerlo, no es una pieza literaria para atesorar en una botella lacrada, pero se deja leer. Lo que pocos saben es que esa historia está basada en hechos reales. Desde luego, para darle algún sentido literario debí asumir algunos cambios estructurales, pero solo para poder contar una historia algo más cercana a un cuento.
La historia pasó hace ya bastante tiempo. El perro de la casa se nos murió en la puerta, así no más, sin previo aviso, con ese desparpajo del cual los perros tanto se ufanan. Fue casi una tragedia Griega, y me refiero a las tragedias Griegas clásicas, las de Sófocles y Eurípides, no a las tragedias Griegas actuales, más cercanas a lo económico que a lo poético. Imagínese el espectáculo dantesco de un perro muerto en una casa donde había tantos chicos. Hacía un calor sofocante, como para que la imagen sea aun más pegajosa. Recuerdo que el alboroto fue mayúsculo, y más de un adulto tuvo que dar explicaciones sobre lo ocurrido.
Pero la historia central se desarrollaba, como no podía ser de otra forma, en el sector más inocente de la familia. Claro que algunos no eran tan inocentes, y estaban por mostrarlo con hechos. Por entonces, como ya conté en otras ocasiones, mis primos y yo sacudíamos la modorra de las tardes de Quilmes, haciendo de las nuestras. Pero el destino nos tenía guardada una jugarreta poco honrosa, desleal si se quiere. Ese perro que llegó a morir a nuestra puerta nos sacó de un sopapo de la niñez para colocarnos sin permiso y con violencia en el mundo real, ese en donde los seres queridos se mueren y nos dejan para siempre. Lejos estábamos por entonces de saber que la vida nos golpearía aun más duramente, con esos golpes que solo se soportan con fe.
La cosa era que el can estaba allí tirado juntando moscas, y nada podía remediarlo. No recuerdo quién, pero alguien seguramente juntó los restos fuera de nuestra vista para llevarlo a algún descampado para darle sepultura. Pero el caos ya estaba enquistado, y las lágrimas se contaban por litros. El único que no lloró fui yo. Usted quizás crea que en este punto yo aprovecharé para hacerle creer que esa fría actitud era producto de una madurez innata en mi persona, pero no. La verdad es que yo era muy chico para comprender lo que estaba ocurriendo a mí alrededor. Por eso seguramente veía con asombro cómo los demás se desgañitaban llorando mientras yo como si nada, casi tan inerte como el perro. Con lo que yo no contaba era con la presencia de un ser que, como ya he dicho, por momentos me ha hecho descreer del género femenino. Mi prima Miriam.
La muy taimada no podía creer que yo no estuviese reptando por el piso bañado en lágrimas. Era mucho para ella, era inaceptable. Como esa actitud mía no se correspondía con la escena lacrimosa general, la émula de Maquiavelo ideo un plan para conseguir lo que para ese momento era un Santo Grial: que yo derramara alguna lágrima. No debe haber cosa más ladina en esta tierra de Dios que una mujer con un objetivo en mente.
Recuerdo que la seguí obnubilado, seguramente engañado por alguna promesa de juegos y golpes que le propinaríamos a Walter, su hermano, mi querido primo. La cuestión es que me llevó sigilosamente hasta un galponcito donde tenía un pizarrón en el que depositaba sus sueños de ser maestra. Me sentó como si yo fuera un alumno. Hasta ahí yo no podía sospechar nada, ya que miles de veces habíamos jugado a la maestra, sumado al hecho de mi ya mencionada inmadurez. Acto seguido comenzó a dibujar un perro. No recuerdo exactamente el dibujo, pero tenga en cuenta que seguramente no era parecido a un perro de Miguel Ángel. Lo cierto es que le alcanzó para que se entendiera. Luego comenzó a explicarme lo que significaba la muerte, y le aseguro que daría lo que fuera por recordar algunas de esas palabras. Creo que le tomó cierto tiempo, y no solo palabras, sino que recurrió a cantar alguna canción sumamente triste para conseguir su objetivo. Tanto forzó la rosca que finalmente empecé a llorar como una Magdalena.
La sorpresa fue grande en todos, ya que habían pasado unas cuantas horas desde el luctuoso hecho. Pero ahí andaba yo, llorando por los rincones y derramando mocos como alma en pena, y todo bajo la siniestra y satisfecha mirada de mi prima. Créame cuando le aseguro que fue un momento dantesco. La desazón de entender que no volvería a ver a mi perro fue como un mazazo en la nuca. No recuerdo cuánto tardaron en reconfortarme, pero el hecho quedó para los anales familiares, y siempre que nos reencontramos lo recordamos, algunos más alegres que otros.
Lo cierto es que esa historia, como santísimas otras, forman parte de una vida sana, sin cuestiones muy complicadas. Dios nos ha dado muchísimas alegrías en nuestras vidas, e historias como estas son las que nos hacen añorar nuestra infancia. Como ya he dicho, Miriam, Walter y Vanessa eran como hermanos, esos que la genética me negó, y aun cuando a veces nos agarrábamos a las piñas, cuando hay cariño verdadero todo se recuerda con afecto y sin resentimientos. Lo que seguramente no volveré a hacer es sentarme frente a un pizarrón si mi prima está allí parada con una tiza en la mano.

Miriam la más grande, le sigo yo a su izquierda con flequillo y Walter a upa

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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6 replies »

  1. Linda historia,lo que puedo rescatar para mi primero, el perro el companero fiel,si se nos murio,encontremos otra mascotra y si no um amigo en la segunda etapa para em el que podamos compartir todo nuestro ser y si no, en la tercera etapa encontrarme comigo y sentir si puedo ser para mi este companero fiel,honesto y sincero y despues de eso brindarme todo eso que he logrado hacia mi familia, y al mi alrededor.gracias a mi me ha inspirado.

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  2. Muy buena descripción, Ricardo, y continuaré afirmando que lo tuyo es esto, escribir cuentos, relatos, en la forma amena y coloquial que tenés. Un abrazo.

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    • Y no te creas que no tengo en cuenta ese deseo. Si no fuera porque lo urgente no deja tiempo para lo importante me dedicaría de lleno a esto, y a otras cosas que me gustan tanto o más que escribir. Abrazos agradecidos.

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