Literatura

Si quieres, llámame Juan

Escribe desde Argentina: Sergio Rubén Aznar(*)

Sergio Aznar

Sergio Aznar

Maldita, la llovizna se posaba sobre sus manos y rostro del mismo modo en que lo hacía sobre los viejos árboles y las inmemorables piedras de toda la ciudad. La niebla, excesivamente baja y el “olor a mar revuelto” penetraban en sus fosas nasales sin piedad alguna. La humedad, lacerante, se metía en todo material contaminándolo, haciéndolo parecer como recién salido de un inmundo baño de lodo, pero un tanto más frío y menos pegajoso. El normal polvillo existente en los habituales sitios sumado al fino golpeteo del agua de lluvia lograba una mezcla asquerosa, imposible de quitar…
Mientras transitaba bajo los balcones intentando escapar de tamaña hostilidad natural, Juan observó las veredas, de a ratos embarradas por ruedas de los insolentes motociclistas y llenas de basura despanzurrada durante la noche anterior por los ladeados sociales. – Encima, caca depositada por los ingenuos perros -pensó Juan.  En algunos casos estas incongruentes pirámides fecales que provenían de la desidia de los cómodos dueños de mascotas (quienes seguramente no contaban con palitas, bolsitas ni deseos por levantarlas), eran pisoteadas sistemáticamente por los incautos peatones, trazando repulsivas, deformes y errantes huellas.
En síntesis, la innoble suma de factores climáticos y humanos había convertido aquel paseo matutino en una suerte de pista de rayuela de la que solo se podía escapar indemne a los saltos. – Los vencidos transeúntes, durante aquella mañana invernal (continuó meditando Juan), se encontraban dentro de una sociedad sucia, donde el respeto hacia el prójimo había caído en franco desuso…
El deterioro moral también se notaba en las paredes: los aerosoles daban muestra de un nuevo orden cultural en cada una de las casas recién pintadas. Expresiones extrañas delineadas con pictóricas letras singulares y dibujos, en su mayoría violentos, atentaban contra la nívea pulcritud del pasado. – ¿Antes éramos auténticos?-pensó Juan, mientras parado bajo una marquesina intentaba prender un cigarrillo rubio con bajo contenido de nicotina. Pobre Juan…


Víctima de su momento de descanso y sus reflexiones, no comprendió que por el simple hecho de haberse parado frente a la puerta de un comercio, estando vestido con una campera cerrada hasta el cuello, bufanda y gorrita con visera mientras curioseaba la vidriera, se encontraría “haciendo algo raro”. Desde adentro, un par de empleados lo miraban con recelo e incluso uno de ellos salió hasta la puerta midiendo la posibilidad de un eventual asalto. – Señor… ¿Necesita algo?, preguntó el dependiente.
– No. Simplemente miraba el escaparate, respondió Juan y continuó sin más trámite con su caminata.
El kiosco de diarios se veía, como el resto de la ciudad, desolado. El vendedor se encontraba dentro, sentado sobre un cajón de frutas y buscando calor al lado de la garrafita (encendida al mínimo, cosa que no gastara demasiado). Cuando lo vio, se paró de un golpe y dijo:
– Juan… ¿Cuánto tiempo!… ¡Qué gusto verte de nuevo!
– ¡Hola Eduardo!… Y si, hoy me dio por venir para este lado… (Con un día así no se puede andar por la costa) -comentó Juan.
–¿Como anda el negocio? -preguntó luego mientras observaba los estantes humillantemente despojados de libros y revistas.
– Cada día más difícil. Vos viste: con esto “del” Internet, el chat y la televisión, la gente ya no lee las cosas de papel. Como sea, sigo aguantando -respondió Eduardo con tristeza. Abriendo y comenzando a hojear un ejemplar del diario, Juan entonces volvió a recluirse en sus pensamientos. – La sociedad de consumo, mala cosa -se dijo. Recordó entonces a Heidegger (*) y sus máximas: “Vivimos en un estado de interpretado, sin decir nuestras ideas ya que las mismas nos son inculcadas por los otros” (*). Repetimos aquello que escuchamos, haciéndolo nuestro, sin hacer un análisis personal de las situaciones. -¿Patético?, – Si: ¡Patético! “Prestamos oídos a la avidez de novedades”(*), que nos lleva a querer todo aquello que se nos oferta desde la (primorosamente ideada) sociedad de consumo. Desde allí, por ejemplo, se nos induce al cambio de nuestro amado y vetusto automóvil por uno más nuevo (porque el vecino también lo hizo), o a comprar el perfume más buscado (porque en la propaganda el actor impresiona a la más bella de las mujeres). Todo, absolutamente todo cambia de continuo para facilitar el consumo, desde los envases y colores hasta el mas mínimo efecto psicológico que nos induzca al deseo.
La lista continúa sin fin: Copiamos ejemplos para intentar ser líderes, pero por sobre todas las cosas, amados, y esos ejemplos (que no son siempre los mejores), por lo general nos hunden en el abismo. -¿Esto tendrá algo que ver con aquellas oportunidades en las cuales deseamos algo, luego luchamos por conseguirlo y una vez en nuestro poder terminamos restándole importancia?… ¿Con la seguidilla de divorcios?, ¿Con  los vicios, sean  cuales fueren? Definitivamente, si: Todo esto ha sido impuesto a través de los dictados de la moda, en algunos casos de manera subliminal, cosa de no despertar a la aletargada conciencia colectiva…
Si bajo las ideas de Heiddeger, tuviéramos una existencia auténtica… ¿Cómo sería este mundo?… Me quedo con la sana idea de aquella vieja propaganda de galletitas: “La felicidad está en las cosas simples” y con la prosa cantada de Facundo Cabral: “Vuela bajo porque abajo está la verdad: Eso es algo que los hombres no aprenden jamás”…
Tamaña meditación había dejado a Juan al borde de las lágrimas. Por ello decidió saludar al diarero y entrar, cuadra mediante, al club de barrio a tomar un café. – Cortado doble, sin azúcar -solicitó entonces al mozo. – ¡Este es uno de los placeres que te da la vida! -pensó, intentando olvidar su autoencierro.
Juan prefería no ser de Boca ni de River, pues pensaba que estar con alguno de ellos era unirse a “la manada”. Tampoco era Radical ni Peronista. Se definía a sí mismo como “Un hombre con ideas propias, que no se deja llevar por el río que congrega a las multitudes”. Esa diferencia con el resto de la gente y la fuerte necesidad de explicar sus conceptos acerca de la vida y la libertad de opinión le habían llevado en numerosas oportunidades a fortísimos diálogos lindantes con la salvaje discusión, como así también al enorme dolor de no sentirse comprendido, salvo por unos pocos (Que tal vez sólo le daban la razón para que dejara de hablar fruslerías fuera de contexto). Sus mejores amigos lo trataban así, tal vez por cuestiones de una piedad mal entendida.             – Está “chapita”, pobre Juan -decían para sus adentros…
Mientras Juan saboreaba su café, un niño con la camiseta de Boca, entró al lugar tomado de la mano de su padre. Aproximadamente de diez años, se lo veía con gesto entre adusto y nervioso al mismo tiempo. El niño se acercó a la mesa de Juan y éste le preguntó: – ¿Sos hincha de ese cuadro?, mostrándole con su índice la camiseta.
– Si, Señor – respondió el niño con orgullo. De Boquita.                     
 – ¿Y donde naciste?, continuó Juan.
– Acá, en Mar del Plata… En la Clínica que está para allá -El niño hizo una seña con la cabeza.
– Ahh… -respondió Juan… – Y… ¿Que opinás de Aldosivi? ¿No te gustaría jugar para el Tiburón? -continuó.         
– Los de Aldosivi son unos muertos de frío, respondió entonces el niño.
Lo mismo había dicho un comentarista deportivo el día anterior por la televisión, luego de una injusta derrota…
– ¡Nosotros nos ganamos todo y tenemos a los mejores jugadores!, concluyó el niño, yéndose presto a tomar su taza de café con leche. Juan no pudo con su genio y haciéndose el otario escuchó parte de la conversación. El padre del niño, sin escrúpulos allí le decía: – Si querés continuar con los cafés con leche, mejor que empieces a meter goles, porque la semana que viene te vienen a ver para incluirte en Deportivo Aguirre, de Las Heras. Dicen que de ahí sacan los chicos que luego pasan a San Lorenzo.

– Pero, Papá: ¡Yo quiero jugar en Boca! -se quejó el niño.   
– Maradona, Messí y el Apache también comenzaron de abajo y vos, como que soy tu padre, que…¡Vas a llegar muy lejos! -la voz del Padre tronó dictatorialmente en su última frase-
– Sociedad de consumo, se dijo Juan… Maldita sociedad de consumo…, y luego abonó la cuenta, acongojado, retirándose, como siempre, sin destino fijo.

(*)Martin Heidegger : Filósofo alemán nacido en Messkirch en 1889 y fallecido en Freiburg en 1976. Heidegger es considerado uno de los mayores pensadores y figura protagónica de la filosofía de este siglo.

(*) Es miembro de la Sociedad Argentina de Escritores y ex Presidente del Círculo de Escritores Marplatenses. Activo colaborador del Suplemento Cultura del Diario La Capital y de las publicaciones La Avispa y Miramar en su Tinta, ha participado en alrededor de veinte antologías, siendo también reconocido en varios concursos literarios nacionales e internacionales.
Actualmente dirige el proyecto de novela multiautoral “El Enviado del Mar” y ha editado recientemente su nuevo libro: “Entre la Tigra y la Carolina”

Sergio Rubén Aznar        alasvidasalvaje@hotmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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1 reply »

  1. Muy bueno, es excelente la descripción de la posmodernidad en los puntos citados, y nos deja a todos con el sabor de la última ironía de los originarios: hijos que triunfen, que cumplan los sueños que ellos no pudieron llevar a cabo, padres hacedores de hijos sobreadaptados dejándolos ni siquiera con el derecho de expresar esa angustia que, como señal, los podría salvar.

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