Jóvenes Escritores

Vidas cambiadas

Un cuento escrito desde Argentina por: Maia Ferro Suar

¿Qué harías si tu vida cambiara de un segundo a otro, tan rápido que ni siquiera pudieras darte cuenta en qué momento sucedió?

¿Qué tal si no existiéramos, si nunca hubiéramos nacido? ¿Y si tan sólo jamás hubiésemos sido nosotros, si no hubiéramos conocido el mundo como lo conocemos, si la realidad en la que vives nunca la hubieras vivido?

Nunca te has puesto a pensar qué cosas cambiarías de tu vida. Y si sólo cambiaran las cosas buenas, tu familia, tus amigos, incluso tus problemas se volvieran diferentes.

¿Qué harías? Bueno, a mí si me pasó. Y te diré lo que hice: Nada. Absolutamente nada. Sólo me adapté a ella, tal vez si lo hubiese intentado hubiera podido volver a mi antigua realidad, pero no, no hice nada al respecto. Nunca supe si fue por miedo o si estaba en shock, pero al momento de reconocer si era mi vida o no, me di cuenta del cambio aunque la acepté como propia.

No sé el motivo real por el cual cambió, pero sí acepté esa realidad de alguien más, no me convertiría en el causante, aunque se podría decir en términos vulgares que yo fui quien cambió mi realidad, mi vida, y la convirtió en algo que no era y nunca hubiese sido.

Son esos momentos en los que uno da por perdido todo lo que había logrado, cuando llega la reflexión. Momentos en los que pensamos qué hicimos mal, qué hicimos bien, y qué dejamos atrás, qué extrañaremos y qué no. Sólo en esos instantes nos damos cuenta de lo que era nuestro, de lo que nos pertenecía y de lo importante que eran algunas cosas que jamás volveremos a tener.

Para dejar más en claro esto que trato de explicar, voy a contar mi historia. No es una historia feliz, ni maravillosa, ni terrorífica. Simplemente una historia, en la que tal vez encuentren algo de drama y un aire melancólico.

De más está decir mis datos personales, así como también contar mi niñez y adolescencia, ya que no tienen inferencia en el relato que pasaré a dictar.

Si me hubiesen pedido que contara cómo era mi vida en otra etapa no lo hubiera hecho desde la perspectiva que lo hago ahora. Recuerdo a mi esposa, mis 2 hermosos hijos, mi perro, mi casa, mi auto, mi oficina, lo recuerdo todo y sigo agradeciendo por no haberlo olvidado.  Son pocas y cada vez menos las veces en las que me distancio de mis quehaceres y recuerdo los momentos felices que pasé. La última vez que los ví fue hace cuatro años, una mañana primaveral. Me desperté a las 6am (como era habitual), tomé una ducha mientras mi esposa se levantaba a despertar a los niños. Cuando bajé a la cocina, el desayuno estaba preparado, los niños cambiados y listos para que los lleve al colegio. Besé a mi mujer y me despedí; subí al auto, me abroché el cinturón de seguridad y arranqué. Directo a la escuela cuyo nombre no recuerdo (¡increíble!)

Una vez despachados los niños, sólo quedaba llegar a la oficina y ganar “el pan de cada día” pero en ese habitual recorrido fue donde cambió lo que conocía como “vida”.

Tomé la misma calle por la que transitaba todos los días, lentamente los autos se iban atascando hasta quedar embotellados. Me acomodé y encendí la radio esperando que se descongestionara la situación. Así pasaron 15 minutos y mi paciencia comenzaba a agotarse.

Bajé del auto y pude observar una concentración de gente que tapaba la calle. Al notar que no era una manifestación sino un grupo de conductores varados al igual que yo, me acerqué y pude notar el clásico desorden y bullicio que existe en un accidente. Si, lo era, una tragedia había ocurrido, un Audi negro con vidrios polarizados se había estrellado con el acoplado de un camión de tal forma que ahora se encontraba incrustado en la parte inferior del transporte.

Pasaron dos largas horas hasta que el equipo de rescate logró despegar los vehículos y asegurarse del número de victimas. Afortunadamente el conductor del camión no había sufrido daños graves, pero al llegar a la cabina del conductor del carro negro se reconoció la pérdida de un joven individuo masculino.

Casi irreconocible, por sus heridas generales, yacía en el asfalto el cuerpo frío y tieso de esa pobre víctima, que lucía rodeado de una multitud de gente, entre ellos ahora, grupos de reporteros, paramédicos, conductores curiosos y yo. Mientras, mecánicos especializados sacaron con éxito el resto del Audi, fue entonces cuando divisé su matrícula, primeramente sin importancia, pero en una observación mas minuciosa descubrí por qué me parecía familiar. Sorprendido volví mi vista hacia el cuerpo, buscando hallar su mano. Sí, estaba casado, tenía su anillo en su dedo, exactamente igual que al mío.

Luego de eso, recuerdo haber sentido una sensación de frío que recorría desde la punta de mis dedos hasta el último de los cabellos de mi cabeza. Una simple mirada bastaba para sentir ahora que no estaba allí, del lado del espectador, tampoco era la víctima, sino que era integrante de un tercer lugar. Ya no estaba en mi cuerpo, no sentía, no respiraba y no caminaba como lo hacía materialmente. Todo mi panorama se transformó en energía, eso es lo que era, eso es lo que soy, sólo una energía fuera de su máquina. Dispersa en el aire sin conexión con lo material.

Al ver cómo llevaban los restos que habían quedado de mí, tomé la decisión de seguir junto al cuerpo, con la tonta esperanza de que eso que reposaba inmóvil sobre la camilla cobrara vida y yo pudiera regresar a tal forma. La ambulancia ya no se dirigía hacia el hospital, ahora tomaba otro rumbo e iba directo hacia la morgue más grande de la ciudad. 

Una vez allí me senté en una de las salas a esperar un resultado, un informe, o simplemente la llegada de lo que sería mi nuevo destino. Pero nada pasó, nadie llamó, nadie me buscó y nadie me llevó, me quedé allí, en ese mismo lugar en el que me había sentado, inmóvil, tieso, frío y shockeado, esperando o no, pero me quedé.

Poco después llegó a mis oídos la conversación de dos médicos forenses. Éstos, hablaban del recién llegado, habían podido reconocer su identidad. Al oír su nombre me helé aun más que antes, ese hombre que había fallecido, al cual había acompañado, no era yo. En esos ni en ningún otro de los registros figuraba mi nombre, mi apellido, algo que me identificara, eran solo cuerpos de personas a las que desconocía, gente que no era yo. ¿Cómo era posible que ese paso de lo material a lo espiritual haya sido falso? No estaba loco, en verdad nadie me veía, no existía ya para las personas, era otro más que pasaba “a mejor vida” pero mi cuerpo no aparecía.

Corrí hacia mi casa para poder organizar mis ideas en un lugar que me resultara familiar. Allí estaban mi esposa y mis hijos, muy tranquilos e inadvertidos de lo ocurrido. Dediqué unos instantes a contemplar la escena familiar, triste, por no haber podido disfrutar de eso que me estaba perdiendo, de no haberle prestado atención cuando lo tenía, fue entonces cuando los niños corrieron alegres y eufóricos hacia la puerta… era mi cuerpo, ahí parado, lleno de vida y felicidad, la misma que a mí me faltaba. ¿Era posible lo que estaba pasando?, ¿era real lo que estaba viendo?  Increíblemente era real, mi cuerpo tenía otra energía, una mucho más vital que la que yo le había dado, pero ¿cómo se explicaba que mi cuerpo decidiera desplazarme para tomar otra esencia? ¿Cómo y en qué momento había ocurrido tal atrevimiento? ¿Quién era el responsable de mi despojo, a mí…, de mi cuerpo?

Muchas preguntas, y aunque hayan pasado ya cuatro años sigo sin respuestas con la certeza de que jamás las encontraré. Es ahora, en este estado, cuando me sobra el tiempo que me faltaba en vida para rememorar viejos recuerdos de lo que alguna vez tuve y nunca valoré.

Maia Ferro Suar

Fuente

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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2 replies »

  1. resulta innegable el talento de la autora al adentrarse en temas filosóficos donde el “Pienso, luego existo” cartesiano se manifiesta aún en otra dimensión y otras estructuras. Tendría un futuro agradable desde las letras, pero bien sé que ella desea conocer otras rutas.
    Muy bueno Ricardo.

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    • Sería un verdadero desperdicio que esta joven no se dedique a las letras. Pero cada uno tiene que transitar el camino que prefiera por decisión propia, aun cuando deje de lado otros supuestamente más prometedores. Espero que Maia reflexione sobre estas cosas. Abrazos miles.

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