Opinión

Y mañana serán sordos

Escribe desde Argentina:

Ricardo Gómez

Por motivos que no vienen al caso, días pasados tuve que movilizarme en uno de nuestros queridos transportes públicos para realizar algunos trámites. Eran horas de la tarde, así que aproveché el viaje para ir escuchando mi MP4. Generalmente escucho alguna radio de esas en las que predomina la música, dejando para la mañana las del tipo informativo. También tengo por costumbre usar un solo auricular, ya que de esa forma no me siento tan aislado del mundo (¿dónde escuché eso?) y, a su vez, me permite estar atento a una posible llamada vía celular.

Y ahí venía yo cómodamente instalado en el último asiento individual cuando en una esquina subieron tres jóvenes. Los tres venían con las cabezas gachas y cubiertas por negras capuchas. Pagaron sus boletos y pasaron directamente hacia el fondo del transporte. Cada uno de ellos venía escuchando música desde su propio teléfono, y puedo afirmarlo porque incluso yo los oía, a pesar de que venía escuchando mi propia música. Los tres muchachos se acomodaron en sus asientos moviendo las cabezas al unísono. Me pregunté cómo harían para interactuar entre ellos. Tengo por costumbre, como verá, hacerme preguntas que no me llevan a ningún sitio.

A las pocas cuadras subieron dos jóvenes más. Estos, a diferencia de los primeros tres, traían sus celulares con la música en un volumen que nos permitía a todos darnos cuenta de que allí estaban ellos. No sea cosa que pasaran desapercibidos. Acomodaron sus humanidades en el último asiento doble, y desde allí invadieron a todo el pasaje con su ¿música? No sé bien como explicarlo, ya que para mí solo era la misma cosa con la misma tonalidad vocal y los mismos arreglos. De vez en cuando se oía algún que otro sonido como de bocinas y las consabidas rimas fáciles. Todo esto regado con las infaltables frases escatológicas.

El ruido que estos mozalbetes hacían con sus teléfonos hizo que los tres del fondo quitaran los auriculares de sus propios teléfonos y comenzara así una inusual batalla para ver quiénes se quedaban con los decibeles más altos, y con nuestros tímpanos. Sumado a lo completo que estaba el colectivo, el viaje se convirtió de repente en un boliche de Alem sin más. La música se hizo cada vez más alta, y las letras más directas. Tanto así que por un momento temí por mi seguridad. ¿Qué pasaría si alguno de esos imberbes se enteraba que yo estaba escuchando un tema de Johnny Hates Jazz? Seguramente usarían mi ropa interior como bandera, luego de crucificarme. Afortunadamente mi dispositivo se quedó sin baterías, ahorrándome un sinfín de dificultades.

Esta breve historia, un poco exagerada y tragicómica, no pretende hacer un juicio de valor sobre lo que escuchan los chicos hoy día. Cuando yo era un purrete ya teníamos de esos ejemplares en las radios de todo el mundo. Sin ir más lejos, allá por mediados de la década del 80 George Michael nos cantaba un tema que se titulaba “I want your sex”, por citar solo un caso, así que difícilmente podríamos hoy rasgarnos las vestiduras. En realidad lo que quiero hacer notar es otra cosa, y tiene que ver con una noticia que se hizo pública por estos días, pero que ya todos sabíamos.

Según informó Télam, Una de cada cinco personas que escucha música por más de tres horas diarias a 95 decibeles podría sufrir hipoacusia al cabo de 20 años, sobre todo si se utilizan auriculares que se insertan en el oído externo.

“Los mp3, de uso frecuente sobre todo entre los adolescentes, tienen una descarga de decibeles que llega a los 130, mientras que la Organización Mundial de la Salud recomienda no superar los 60, que son los que alcanza una conversación con un nivel de ruido ambiente normal”, explicó la otorrinolaringóloga del Ministerio de Salud bonaerense, Vanesa Etcheverry.
Frente al aumento de consultas por daños auditivos, los especialistas del Ministerio de Salud bonaerense recomendaron tomar medidas para evitar la hipoacusia inducida por ruido, es decir, la pérdida de capacidad auditiva derivada de la exposición prolongada a sonidos superiores a los 60 decibeles. “Los zumbidos en el oído que muchos percibimos tras escuchar música a un volumen muy alto con un mp3 o al salir de un boliche se llama acúfeno”, explicó Estcheverry, quien advirtió que estos pueden ser transitorios o, en casos más graves, permanentes, y constituyen un signo evidente de daño auditivo.

“La principal recomendación es no aturdirse y evitar exponerse a altos decibeles por tiempos prolongados, porque si bien en los adolescentes el daño puede no percibirse, a mediano y largo plazo existe un riesgo elevado de hipoacusia por ruido”, detalló el ministro de Salud bonaerense, Alejandro Collia. Aclaró Etcheverry que si bien en los primeros años el daño resulta imperceptible, luego de una década empiezan a percibirse los problemas para escuchar.

Esto debería ser un llamado de atención para los padres y adultos mayores. Nuestros jóvenes están expuestos a muchos peligros, y algunos de ellos se esconden detrás de cosas aparentemente inocuas. Estos muchachos que hoy se tapan con esas capuchas quizás estén queriendo ocultarse de nosotros. Ese alto volumen probablemente sea para no escuchar nuestros consejos vacíos, esos mismos que ni siquiera nosotros ponemos en práctica. Reconozco que yo mismo me veo obligado a hacer un esfuerzo para sentir simpatía por quienes avasallan mi derecho a viajar sin molestias, pero eso no debería impedir que se hiciese algo para dar a conocer estas cosas. Lo cierto es que, sea por el motivo que sea, muchos de esos chicos el día de mañana serán sordos, y todo frente a nuestra pasiva mirada.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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