Opinión

Caminando entre monstruos

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

ACTUALIZADO

Lamentablemente el desenlace de este caso fue el peor. Cuando ayer subí este artículo tenía esperanzas de que la niña fuese encontrada con vida. Pero no fue así. En casos como estos uno no puede cansarse de pedir que se encuentre cuanto antes al monstruo que llevó a cabo tan macabro asesinato. También nos mueve a pedir que los periodistas y formadores de opinión sean prudentes con el dolor de esa familia y no utilicen esta tragedia politicamente. En la vida hay ciertos límites que no debieran ser cruzados, aun en el marco de una “batalla” ideológica. Por lo demás, solo queda preguntarse si el infierno será peor que esto de tener que vivir rodeados de monstruos.

Actualmente todos estamos conmocionados por la desaparición de Candela Rodríguez, de tan solo 11 años, hace ya ocho días. Si bien la búsqueda ha sido y sigue siendo intensa, los intentos por dar con el paradero de la niña han sido infructuosos. Las hipótesis son muchas, y, como siempre pasa en estos casos, al no aparecer la joven se empiezan a tejer todo tipo de conjeturas. Lo cierto es que estas cosas no deberían ocurrir, pero ocurren. A pesar del esfuerzo de todos, los chicos siguen desapareciendo frente a nuestras propias narices.

No todos los chicos son robados, algunos terminan retornando a sus hogares luego de haberse fugado como fruto de la natural rebeldía juvenil. Pero hay otros casos que nos inquietan, y son aquellos cuyos niños son arrebatados de sus hogares por la fuerza. Uno no puede ni siquiera imaginar el terrible dolor que esos padres deben sentir. Y más aun cuando esa pérdida no se resuelve ni siquiera con el transcurso de los años. Ni siquiera tienen la certeza de saber dónde está ese ser tan amado. Es como amar una idea.

Cuan terrorífico e inquietante es pensar que quizás nos hayamos cruzado con algunos de esos monstruos que roban chicos. Ya ni siquiera importa el para qué los roban, el solo hecho de apropiarse del hijo de otro para lo que sea los convierte tácitamente en monstruos. La mitología tiene una cantidad importante de seres demoníacos y monstruosos, pero estos son peores. Lo más amenazante es que podemos habernos cruzado con ellos, hablado con ellos, intercambiado alguna opinión en la fila de algún banco, vaya uno a saber. Y esa es justamente la característica que convierte a estos engendros en los peores: su invisibilidad.

De poco sirve un monstruo que se dé a conocer, que se anuncie con bombos y platillos o muestre sus verdaderas intenciones ante todos sin reservas. Si vieron la película “It” (Eso) de Stephen King entenderán de qué hablo. Se trataba de un ser innombrable, desconocido, terrorífico; quien elegía para visualizarse la forma de un simpático payaso. El terror está dado por el hecho de que un payaso no debería dar miedo, y mucho menos robarse niños, como el del film. La sola idea de un ser que aparente ser una cosa y sea justamente lo contrario es aterradora.

Estos monstruos modernos son el fruto de muchos años de involución. Ellos han llevado a la cúspide de la pirámide involutiva sus propios deseos por sobre el deseo de los demás. Y no podemos quejarnos, ya que esa es la sociedad que hemos diseñado prolijamente todo este tiempo. De a poco nos hemos convertido en seres que hacen del egoísmo una virtud, y del narcisismo la Panacea Universal. Nos hemos convertido en una sociedad en la cual MI deseo es el objetivo primordial a conseguir, y poco importa que MI deseo se contraponga con el deseo del otro. YO soy más importante que los demás, y MI punto de vista prevalece por sobre el punto de vista de cualquier otro.

Así es que estos monstruos se sienten avalados para hacer lo que hacen. Han heredado ese sentimiento insano mediante el cual no importa de qué forma, se deben satisfacer los deseos, aun a costa de otros. Quizás todos seamos un poco culpables de esto, aunque el solo pensar en esos seres nos produzca un profundo asco. No se puede crear una sociedad como la actual sin consecuencias. No es posible alejarnos de semejante forma de los valores originales y optar por el narcisismo galopante sin que nos abofeteen la cara. El caldo de cultivo está más que abonado para que estos monstruos se multipliquen y sigan invadiéndonos con su horror. Y créame que aun recurriendo a todo mi conocimiento cristiano no consigo hallar un sitio en mi corazón para perdonar estas aberraciones. Simplemente no encuentro la forma de perdonar o entender a estos modernos monstruos. Y si no puedo ni imaginar el dolor por el que debe atravesar una madre o a un padre cuyo hijo es despojado, menos aun puedo concebir lo que pueden estar viviendo esos pequeños lejos de sus padres, y obligados quizás a hacer cosas innombrables.

Mientras los medios de comunicación hegemónicos nos muestran con letras rojas enormes su aparente preocupación por los niños desaparecidos, por otro lado están atentos en la búsqueda de cualquier “Lolita” que surja y les permita vender algunos pasquines amarillistas más. Cuando compramos esos panfletos estamos directamente aportando a la forma más solapada de Trata de personas, debemos saberlo. No debe haber peor hipocresía que mostrarse mustios por la desaparición de una niña, mientras que todas las noches hacen de las mujeres poco más que un objeto contenedor de semen masculino. Son monstruos, y deben ser descubiertos. Se puede ver a sus escribas rasgarse las vestiduras por las faltas de controles del Estado, pero ellos vienen facturando millones de dólares con las ventas sexuales que publican en sus miserables diarios. La ley ahora prohíbe hacerlo, pero ellos cambiaron el rubro “59″ y ahora es el rubro “56″. Simplemente mafiosos.

No se puede vivir así. Vivimos inmersos en el terror diario de no saber cuándo alguno de esos monstruos pondrá sus horribles ojos en algunos de nosotros. Solo pensar que nos rodean es para quitarle el sueño a cualquiera. Están en todas partes, se esconden y mutan su apariencia. Quizás ese amable viejito no es tal, o aquél hombre oculte algo. No se puede vivir así, es antinatural. Empecemos por rechazar en nuestros corazones estas cosas. De poco sirve, de nada sirve, lamentarse cuando las tragedias finalmente ocurren. Algún día deberemos comprender que el cambio comienza dentro de uno, y desde allí es que se puede modificar una sociedad. Hasta entonces, y hasta que hayamos finalmente evolucionado en lugar de involucionar, deberemos seguir caminando cotidianamente entre monstruos.

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“Con Candela no, Clarín”

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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