Experiencias Personales

El queso rodante

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

La década del ´70 me encontró, como ya conté en algún otro artículo, viviendo en Sierra de los Padres. Como su nombre lo indica, la zona es de neto corte agreste, aunque por aquellas épocas lo era mucho más de lo que es ahora. Hoy día si la visitan descubrirán un lugar pujante y muy poblado, a pesar de estar alejado del centro de la ciudad de Mar del Plata. Ideal para disfrutar del aire puro y los bellos paisajes, muchas personas huyen literalmente allí los fines de semana para desintoxicarse y, de paso, hacer algún que otro asado.

Pero cuando yo pasé parte de mi juventud en la década mencionada Sierra de los Padres era un sitio bastante inhóspito, y no cualquiera deseaba vivir allí. En nuestro caso lo hacíamos por razones laborales. Morar en esa zona me permitió estar en contacto directo con la naturaleza en una edad más que adecuada, y eso repercutió en mi forma de ser en el futuro, al menos eso creo. Mis días transcurrían rondando los alrededores buscando formas ingeniosas de pasar el rato. Siempre con algún perro de compañía, recorrí cada loma de ese sitio en búsqueda de aventuras. Me ocurrieron muchas cosas, aunque en este escrito contaré solo una.

Si bien yo hacía lo posible por divertirme, la verdadera diversión ocurría cuando me visitaban mis primos desde Buenos Aires. La alegría era inmensa, casi inexplicable. Cuando Miriam y Walter llegaban con sus padres o con la abuela sabíamos que la diversión estaba asegurada. Obviamente que nuestra diversión ocasionaba algún que otro contratiempo a los vecinos de la zona, pero siempre alejados de la maldad. Aun así podría decirse que si yo solo era una amenaza, los tres juntos representábamos la Tercera Guerra Mundial y el Armagedón juntos en ciernes. Por entonces nos divertíamos sin tener conciencia de las cosas que vendrían en el futuro, pero justamente de eso se trata la niñez, y así debe ser. Le sugiero al lector que lea el artículo Reflexiones sobre la vida y la muerte para comprender a qué me refiero.

La economía familiar por entonces corría por otros causes, quizás más aceitados. Tal vez por no tener que gastar en alquiler es que podíamos darnos el “lujo” de comprar carnes y quesos en cantidades, cosa de no tener que salir cada día, habida cuenta las grandes distancias hasta los mercados. Así fue que mis padres nos encomendaron a los tres que fuésemos hasta un mercado que estaba ubicado en la parte más elevada de las Sierras y, una vez allí, adquiriésemos una horma de queso sardo para rallar. Y pensar que hoy el queso lo compramos a nivel molecular, en fin. Y hacia allí partimos, con una meta clara y simple: comprar un queso. Seguramente los perros irían revoloteando junto a nosotros compartiendo el viaje, y alguna nube asomaría por el horizonte, como presagiando malos augurios, haciendo aun más amenazante la visión nuestra avanzando por los sinuosos caminos. No recuerdo cuánto tardamos en llegar a la cima, pero seguramente nos llevó más tiempo que a cualquier civil, ya que en el camino debemos haber roto algún que otro vidrio, cascoteado algún desprevenido gato y cosas por el estilo. Usted me entiende.

Y finalmente llegamos a la cúspide de las Sierras. La vista desde allí es sobrecogedora, así que de seguro nos habremos tomado unos minutos para observar la lontananza, y en mi caso para recuperar el resuello, ya que por entonces estaba bastante más gordo que ahora. Seguramente desde allí pudimos observar la totalidad de la zona, como generales que planean un ataque devastador. Si los vecinos hubieran sabido, si solo hubieran sido concientes de las amenazas que estaban a las puertas, no sé si hubieran logrado pegar un ojo. Pero la gente es infinitamente ignorante de los peligros que la rodean, así que siguieron con sus vidas ajenos a las tres presencias amenazantes.

Recuerdo que realizamos con normalidad la transacción mediante la cual nos hicimos del queso en horma. Calculo que tendría unos 5 kilos, si mal no recuerdo. Los tres estábamos exultantes porque podíamos volver a casa con la tarea bien cumplida. El responsable tácito era yo, ya que jugaba de local, así que el encargue recaía sobre mis espaldas. El queso debía llegar sano y salvo. He cometido en mi vida graves errores, algunos de ellos terribles, pero haberle depositado aquél queso en mano a mi prima fue uno de los más zonzos. Seguramente, por ser cuatro años mayor que yo, me engatuzó con alguna palabrería, de seguro me endulzó los oídos con alguna promesa de juegos y aventuras por venir, no lo recuerdo con certeza, lo que sí recuerdo es que esa chica tomó el queso y una gran sonrisa se dibujó en su rostro. Ante la mirada atónita mía y de su hermano, la muy desleal apoyó el lácteo en el suelo, nos miró como miraría Atila luego de haber vencido a algunos giles, y procedió a soltar el queso. Sume usted el plano inclinado propio de la zona más la forma circular de la horma del queso y saque sus propias conclusiones.

El requesón emprendió una veloz carrera incierta y zigzagueante hacia solo Dios sabía donde. Recuerdo que miré a mi prima con asombro, como quien no puede comprender lo que pasaba. Mi vista y mi cabeza se movían rápidamente entre dos puntos: mi prima y el queso, mi prima y el queso, la primera se reía a carcajadas, mientras que el segundo se alejaba cada vez a mayor velocidad por culpa de Newton y sus malditas leyes. En ese preciso instante fue que dejé de creer en las mujeres para siempre. Recuerdo que tuve que salir corriendo como alma que lleva el diablo detrás del queso fugitivo. Recuerden que por entonces mi condición física era rechoncha, por decirle de alguna manera, así que trate de entrar en trance, querido lector, e imagine la escena, propia de una película de Fellini.

Salí como loco a tratar de detener el bólido de leche. Por una parte tratando de no perderlo de vista debido a su incierto andar, por otra sujetándome los lentes, y por otra haciendo uno de los ridículos más grandes y gloriosos de mi vida. Detrás de mí Miriam y Walter se desarmaban en carcajadas, viendo cómo yo trataba de darle alcance al producto vacuno en vano. Seguramente, mientras yo transpiraba como para ahogar un canario, ambos hermanos se habrán matado de risa relacionando la circunferencia del queso con mi cintura, ya saben como son las personas de arteras. Finalmente, y por gracia y piedad divina, el queso dio contra algún alambrado y redujo su velocidad, permitiéndome así darle alcance. Seguramente habré tenido que descansar varios minutos para recuperar la estabilidad cardíaca, porque recuerdo que corrí mucho. Lo cierto es que pronto el queso volvió a estar sano y salvo en mis manos.

El camino de regreso seguramente estuvo plagado de reproches, amenazas y esas cosas que uno dice cuando es chico. Si hubiéramos tenido más de 40 años quizás nos hubiéramos peleado de por vida, pero a esa edad los conflictos se olvidan ante un pan con manteca y un mate cocido. Así fue que ese mismo día ya estábamos nuevamente a las andadas, recorriendo la zona cual aves al acecho.

Ese acontecimiento quedó grabado como memorable para todos nosotros. Siempre lo recordamos en medio de risas y acusaciones mutuas. Del queso no quedó nada, solo ese recuerdo. Dios nos ha dado una juventud tan plagada de esos momentos que uno no puede menos que agradecer. En mi caso ellos venían una vez al año para cubrir ese espacio vacío que todo hijo único tiene, quizás por eso siempre los recuerdo con tanto cariño y los consideré como hermanos. La vida luego tuvo sus vueltas. Ya no volvimos a comprar quesos para luego dejarlos rodar libremente, ni salimos por ahí a ver las estrellas porque los adultos no hacen esas cosas. En mi interior tengo, sin embargo, la firme convicción de que seguramente algún día en algún sitio volveremos a las andadas. Algún día.

En Sierra de los Padres con uno de mis perros

Con Miriam, cuando éramos bien chiquitos

Mi querido y recordado primo Walter

 Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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