Literatura

La loma de los Quiroga

Un cuento escrito desde Argentina por:

Licenciada Mirta Zangaro de Moisano(*)

Lic. Mirta Zangaro de Moisano

Era una mañana de Noviembre cálida, con un cielo transparente y con jardines despertando del letargo invernal. Mar del Plata sonreía tratando de conquistar la mirada del verano mientras Yolanda Quiroga, una cincuentona linda y de corazón bondadoso, terminaba de preparar su equipaje.

En la cocina la esperaba su primo Dardo junto a su esposa y los hijos para viajar rumbo a La Rioja a visitar la vieja finca de la familia. Irían  en un colectivo que lo habían transformado en casilla rodante.

Yolanda estaba lista para partir. Se despidió de su esposo y se sentó cómoda en su asiento. Se sentía alegre y excitada, pues hacía más de treinta años que no veían sus ojos a su tan añorado Salicas, su pueblo natal.

El viaje de ida lo realizaron sin inconvenientes, y recorrieron sin apuro otras provincias. Todos tenían hambre de naturaleza y disfrutaron cada cerro, cada bosque, cada río o arroyo que visitaban.

A Salicas llegaron al atardecer. La casita de los Quiroga se situaba en la cima de una loma bastante alta y de pronunciada pendiente. Una parte de esa loma, la que se unía al cerro, había sido un pequeño cementerio indio donde algunos antropólogos realizaron varios estudios en vasijas y restos humanos encontrados en el lugar. Sobre el lado contrario, el que daba a los viñedos, había un camino bastante sinuoso y rústico, pero por él podrían subir con la casilla rodante.

Todos ellos estuvieron de acuerdo en pasar la noche en el callejón, lindero con la finca de los Carrión, y vadear el río de día para tomar el “caminito” por donde podrían subir sin inconvenientes. Cenaron temprano comentando los pormenores del trayecto recorrido y el deseo de disfrutar del lugar tan amado. Más tarde se acostaron entregándose a un sueño tranquilo y reparador.

Cerca de las tres de la madrugada Milagros, la beba de un año, comenzó a llorar. Era un llanto sin gritos acompañado por los bracitos extendidos hacia las ventanillas que daban a la loma. Los hombres acudieron rápidamente, armados con un Colt 44 para su defensa ya que pensaron podría ser un animal salvaje. La luz de la luna bastaba para iluminar la escena y cautelosos, caminando lenta y sigilosamente revisaron todo el lugar pero nadie vio nada. La madre de Milagros la acunó y la niña volvió a dormirse al igual que el resto del grupo.

Un rato más tarde Milagros volvió a llorar. El mismo llanto sin estridencias pero continuo, los ojos muy abiertos y los bracitos extendidos hacia la loma. Todos dirigieron hacia allí la mirada y observaron con sorpresa una luz iridiscente algo más pequeña que una cabeza humana. Junto a ésta, vieron llegar otro foco de luz similar que  comenzó a moverse a gran velocidad enviando pequeños destellos hacia Milagros. Parecía danzar presentando ora un color ora otro, extenderse en el espacio, volver sobre sí, enredarse en  volutas de distintas formas siguiendo  el compás de cierta música exótica y alegre y la beba, sonriente, casi fascinada por el espectáculo aplaudía contenta. Mientras, ese otro foco presente, atravesó los vidrios y suavemente se detuvo delante de Yolanda y Dardo, juntos en ese momento.

El rostro de ambos iba transformándose por la sorpresiva materialización que se estaba realizando frente a sus ojos.    El tiempo y el espacio perdieron sentido, sumergidos en esa otra dimensión que nunca antes conocieran. No había nada más a su alrededor ni pensaban en ello, solamente estaban atentos al estímulo que percibían, a la sombra del vestido negro y largo, con botones pequeñitos que ya se iban divisando, haciéndose todo más concreto pero en forma lenta, como cuidando de no intimidar a quienes vieran esa presencia que se manifestaba como una anciana de mediana estatura, muy erguida para la edad que parecía cercana a los 90 años, de contextura delgada, cubría sus cabellos un pañuelo que ataba en la nuca, su cara surcada por arrugas y su frente ancha, de cejas espesas a cuya sombra se destacaban los ojos negros que denotaban cierta firmeza, ojos inmóviles que les transmitían bondad, ojos que los llevaron a una rememoración de aquellos tiempos de su niñez y adolescencia pasados junto a su abuela querida, allí…en su casa de la loma.

¡Cuántos recuerdos! ¡Cuánta vida feliz, de juegos y trabajo, vida de Naturaleza, una vida donde la inteligencia debe fluir con sabiduría para sortear los obstáculos que en cada jornada suelen encontrarse en lugares como Salicas! Era una tradición que todos los años a San José se lo vistiera en la casa de la loma, y que saliera en procesión desde allí llevado por todos los vecinos, seguido por todos los changos que bajaban de los cerros junto con sus chinas, todos vestidos para la ocasión. Dardo y Yolanda cuidaban que no faltaran velas, llevaban agüita fresca para el camino y acompañaban a los cantores con sus chayas.

Yolanda tenía una dedicación especial con su potro; arisco como ella, se volvía dócil cuando la niña lo montaba, ambos solían correr cruzado lomas, vadeando el río, rápidos, con el ímpetu de la juventud.

Luego, la despedida. Hubo fracaso con las vides, ya no la vendían directamente ellos, sino por medio de lo que llamaban “la cooperativa”, ésta no era más que una asociación de comerciantes disfrazados que pagaban menos de la mitad del valor de la cosecha. Usaban sus camiones y sus propios obreros pero no permitían que llegara otro transporte para aquellos que no se avenían a firmar esos contratos tan fraudulentos.

Así fue desapareciendo la gente joven de Salicas. Tomaron el rumbo hacia ciudades grandes, donde hubiera algún trabajo que pudiera desempeñar un chango. Comenzaron a trabajar en las fábricas y las mujeres se ocupaban en el servicio doméstico, luego en fábricas si aprendían el oficio. Se casaban, formaban su familia y cuando los años disponían un retiro o accedían a  una jubilación, volvían a su pueblo terminando su ciclo de vida en su tierra.

Esos pensamientos parecieron tomar cuerpo en su psiquis, lágrimas de nostalgia, de ternura mojaban sus ojos cuando ambos, Yolanda y Dardo, reconocieron en esa presencia a su abuela:

-¡Abuelita Corazón!- sólo atinaron a pronunciar.

Pasaron más de diez años de este viaje, Yolanda no volvió a La Rioja. No había forma de que su esposo entendiera que su felicidad estaba en el campo. Él pensaba que le brindaba lo que toda mujer aspiraba en comodidad y cada vez que su Yoly le pedía vivir afuera, la rodeaba de más objetos caros de la ciudad.

Pero la mujer siempre conservó a Salicas en su pensamiento.

A mediados del año ’90 Yolanda enfermó. Los médicos no daban esperanzas de cura. Era una enfermedad que iba extendiéndose por todas las partes óseas impidiendo la irrigación sanguínea y por tanto dificultaba la presencia de Oxígeno en el organismo, generando episodios de dolor insoportables para la mujer que sólo cedían al aplicarle fuertes calmantes.

A ratos solía perder la conciencia, no ubicaba tiempo y espacio, retornaba a su pasado, a su infancia en la loma. Entonces quería levantarse, caminar, quería montar su hermoso potro y recorrer la finca, juntar algarroba, hacer patay, preparar aloja… Pero no se lo permitían, brazos fuertes tomaban los suyos y otra vez la acostaban, la metían en esa cama, dentro de una habitación con muchos adornos, pero sin libertad y siempre dentro de las fronteras de esa casa a su vez entre las fronteras de una ciudad ruidosa, llena de vicios y trabajos banales, sin conocer el sabor de ver crecer aquello que una hunde con sus manos en la tierra, sin conocer los ardores de un sol pleno que obliga a las siestas largas, sin conocer esa luna que se basta para iluminar los caminos en los cerros… Vivir como encadenada a una ciudad linda, sí, pero ¡tan lejos del cerro y de su loma!

Una noche empeoró. Le pusieron suero por goteo con un calmante. Durmió por un rato, pero la aguja introducida en su vena le producía ardor y eso la despertó, hizo un esfuerzo para sacarla de un tirón, no lo logró, eran muy pocas sus fuerzas. El ardor aumentaba, pero Yolanda decidió no molestar el sueño del esposo. Recordó la lima sobre su mesita de noche, hizo varios intentos antes de alcanzarla descargando su punta sobre la aguja a fin de empujarla hacia afuera, pero ya veía poco y no hizo más que empeorar la situación. El ardor era aún más fuerte que el dolor que producía la punta afilada de la lima al lastimar una y otra y otra vez la muñeca, hasta que en un nuevo intento logró liberarse de todo cuerpo extraño. Pero la sangre también comenzaba a abandonarla despaciosamente, la sentía correr por sus manos, acariciar sus dedos y mojar la sábana. Yolanda no se asustó, sabía lo que aquello significaba, que ese era el precio que pagaba por su libertad, por abandonar la prisión donde sólo era retenida por el amor conyugal.

Era extraña esa sensación que se iba acentuando a medida que su sangre buscaba nuevos lugares donde expandirse, otro continente que le diera forma. Sentía que la ganaba una serenidad completa, un sabor a dulce en la boca y luego que comenzaba a faltarle el aire, que el frío comenzó a envolver todo su cuerpo y la hacía temblar, todo se volvió oscuro en su derredor y pensó que el velador se habría apagado, pero luego de unos instantes tornó la claridad, ella ya no sentía frío ni jadeaba al respirar. Se sintió mejor, sin dolores que la atormentaran, hasta le pareció rejuvenecer, volvía a ser esa morocha de agradable presencia y bellos ojos negros.

Notó que la puerta de la habitación se abría suavemente y que la presencia de su abuela se manifestaba.

-Pase, abuelita Corazón, pase. La estaba esperando. No, no me sostenga abuelita que ya me siento mejor y puedo levantarme sola. Vamos, abuela Corazón, la esperé todo el día. Vamos…

Ambas salieron de la casa silenciosamente y tomadas de las manos.

Una semana más tarde las cenizas de Yolanda fueron enterradas en la loma de la finca como siempre Yolanda pidió.

Dicen los lugareños que al atardecer se la ve a Yolanda muy sonriente recorrer a caballo la loma de los Quiroga. Hasta allí se llegan los padres de los alrededores a pedirle a “la Yoli” que sus hijos vuelvan de la ciudad, que comprendan que el más grande tesoro es la tierra, que no se dejen corromper por aquellos que todo lo quieren ya, pues no saben lo que es esperar los frutos que son el futuro.

-“La Yoli” sabe mucho d’esto- dice un anciano …y los hijos regresan…

N.del Autor

La algarroba o carob ha estado presente tanto como el chocolate -¡y en la industria de la comida saludable, aun mas!

La Algarroba se utilizaba como un endulzante y complemento digestivo en el Antiguo Egipto al mismo tiempo que los Aztecas consumían cacao.

Hechos de las semillas o habas del árbol de algarroba (también conocidas como habas de langosta), que crecen en largas vainas con forma de cuernos, la algarroba es naturalmente dulce y no contiene estimulantes u otras drogas.

Recogida en su justo punto de madurez, la chaucha del algarrobo nos brinda una harina aromática y muy dulce, con sabor bastante parecido al cacao y con muchas propiedades nutricionales y terapéuticas.

Con ella se prepara el ancestral patay, que es una torta hecha con harina de algarroba y agua. Los indígenas utilizaban la algarroba para producir bebidas, a través de la fermentación de las chauchas (aloja) o por simple dilución de la harina en agua (añapa). Hirviendo las chauchas obtenían el popular arrope. La algarroba ha sido largamente utilizada como sustituto para el chocolate en recetas para dulces y horneados más saludables. La algarroba es alcalina para el cuerpo, mientras que el chocolate crea acidez. Hornear con algarroba también significa que se utiliza menos azúcar, desde que el polvo de algarroba es naturalmente más dulce que el cacao.

Es seguro para los niños e incluso para los perros, a quienes el chocolate les resulta venenoso.

Lic. Mirta Zangaro de Moisano

(*) La autora es Licenciada en Psicología y Escritora

Fuente: Contacto 11

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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