Opinión

Auténticos constructores de la paz

Escribe desde el País Vasco: Arantza Quiroga, Presidenta del Parlamento Vasco

Bandera Gif País Vasco

Arantza Quiroga

La situación de las víctimas del terrorismo, en toda su descarnada dureza, es apenas comprensible para quienes no hemos experimentado en carne propia las consecuencias más extremas del fanatismo ciego. No somos capaces de imaginar la profundidad del daño causado, y quizás por ello no les hemos otorgado la prioridad que merecen. Ochocientos veintiocho hombres y mujeres han muerto en España asesinados por ETA, cientos de familias han sido destrozadas, miles de personas que aún hoy siguen estando sometidas a un acoso constante. Tenemos una deuda enorme con las víctimas. Por un lado, la sociedad entera tiene la obligación moral de darles absolutamente todo el apoyo posible; por otro, pesa sobre nosotros -y especialmente sobre quienes formamos parte del espectro público- procurar que nadie más pase por lo que ellos han pasado, y ello implica especialmente buscar la fórmula que nos permita inculcar respeto por la vida humana a nuestras nuevas generaciones, educándolas para la paz. Esto además nos obliga, insoslayablemente, a impedir que la memoria de aquellas vidas perdidas se apague, a evitar que se conviertan en meras estadísticas fatales de un pasado borroso.

El siempre sarcástico Mark Twain escribió en algún lugar que lo mejor que podemos hacer con la historia es reescribirla. No creo que esta afirmación tenga validez universal, pero estoy convencida de que sí la tiene con respecto a varios capítulos de la historia de las víctimas de ETA, en los que no se ha otorgado el protagonismo y crédito necesario a una larga lista de personajes anónimos que día a día contribuyen con su esfuerzo y ejemplo a luchar por la anhelada paz. Apenas leemos sus nombres en los periódicos, no son mencionados a menudo en los telediarios, y quizá los libros de historia nunca los reconozcan; y, sin embargo, ellos son la causa y fin de los avances logrados durante los últimos años. Si volvemos la mirada hacia atrás, si nos detenemos para fijarnos en la letra pequeña, los veremos a todos ellos, uno a uno, en su auténtica dimensión.

En primer lugar, por supuesto, se encuentran en este grupo la familia y amigos de los fallecidos durante más de medio siglo de violencia, guardianes involuntarios de una triste memoria. Es muy llamativa la actitud de aquellos que han sufrido las más graves consecuencias de la intolerancia fundamentalista: ninguno reclama venganza, ninguno de ellos busca la crispación, menos aún alcanzar protagonismo, sólo nos recuerdan constantemente la imperativa obligación que tenemos los políticos de ponernos de acuerdo para «terminar con la banda de asesinos que dice hablar en nombre del pueblo vasco», según palabras textuales de Leonor Regaño, viuda de don Manuel Jodar, policía asesinado por una bomba de ETA en 1989. Dos décadas de profunda impotencia han pasado para esta mujer que, junto con sus hijos, lo único que busca es servir de inspiración para evitar que otros sufran lo mismo.

Banderas españolas con fotos de las victimas de ETA en una manifestación en Madrid organizada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo. (PEDRO ARMESTRE/AFP/Getty Images)

Si reescribimos nuestra historia, y clausuramos por fin este capítulo de terror y miedo, no imagino mejor epílogo que la contundente frase de Montse Lezáun: «Soy la madre del último asesinado por ETA, y quiero seguir siéndolo».

Mientras el mundo se les viene abajo, las víctimas sólo responden con esperanza, revelándonos justamente en su interior el extremo opuesto de la incomprensión y el odio ciego que motivaron su tragedia. El catálogo de casos es inacabable, y la generosidad de estas personas es infinita, como también lo es su perseverancia y valentía. Paqui Hernández, viuda de Eduardo Puelles, lo dijo claro y en voz muy alta: «Nunca podrán con nosotros». Si de educación de valores para nuestros hijos queremos hablar, estos ejemplos, que se dan diariamente a lo largo y ancho de Euskadi y de España, valen más que todas las lecciones que se puedan aprender en los libros de texto.

Si replanteáramos la crónica de nuestros días tendríamos además que brindar un lugar esencial a los miles de emprendedores vascos que sufren en silencio el acoso diario de esa camorra con pretensiones ideológicas. Ello incluye a todos aquellos que enfrentan la adversidad con lo mejor de su instinto imaginativo y su afán de superación, contribuyendo al avance de toda la sociedad: nuestros artistas, profesionales, intelectuales, científicos y empresarios. Necesitamos hoy especialmente del espíritu creativo que ha guiado siempre a nuestros emprendedores durante siglos. Porque la principal contribución de estos seres humanos no se agota en las plazas de trabajo que generan, en su esfuerzo diario, en los avances tecnológicos logrados, o en el regocijo estético que nos causan sus obras; su auténtica contribución viene de allanar el camino en el que se libera el potencial de una estirpe de hombres y mujeres que se conoce aventurera, capaz. En una historia así contada, desde luego, brillarían nombres como el de Ignacio Uría, José María Korta o Ángel Berazadi.

Montse Lezáun

Hoy la paz en Euskadi se vislumbra posible, y sin duda anhelada por una amplia mayoría antes condenada al silencio. No obstante, y pese a la importancia radical de estos logros -fruto de la lucha permanente y silenciosa de toda nuestra sociedad-, nada puede darse por consumado mientras no nos ocupemos de aquel sector más vulnerable al aparato propagandístico de ETA y sus colectivos afines: nuestros jóvenes. Y por más que cueste admitirlo, hay signos de que este problema está lejos aún de ser resuelto. Un informe presentado hace pocos meses por el Ararteko, el Defensor del Pueblo en el País Vasco, titulado «La Trasmisión de Valores a Menores», apunta que los síntomas menos visibles del fundamentalismo siguen ahí. Dicho documento constata que un importante porcentaje -más de un 12 por ciento- de los adolescentes vascos justifica la violencia ejercida con fines políticos. Las conclusiones presentes en ese trabajo, si son consideradas en su verdadera hondura, constituyen un baño de fría y cruda realidad para todos quienes luchamos por la paz en Euskadi. Nos recuerdan la existencia de ese universo «autorreferencial, endogámico, impermeable a la duda y a los razonamientos opuestos», en el que la vida humana mantiene un valor meramente instrumental.

Si Twain tenía razón y lo mejor que podemos hacer con la historia es reescribirla, creo que en Euskadi deberíamos empezar por reclamar el lugar que merecen esas figuras silenciosas que nos rodean, que nos marcan el camino. Si queremos pagar nuestra deuda con aquellos que han sufrido lo peor, y encaminar a las nuevas generaciones por el camino de la paz, debemos empezar por reconocer y divulgar la enorme contribución de las víctimas. Los políticos apenas merecemos, si acaso, una nota al pie de página, porque es la sociedad civil quien ha tenido el protagonismo en los capítulos más memorables de este libro, sufriendo con abnegación, día tras día, la intimidación y los continuos desplantes que suponen las alegorías del terrorismo. Quizá sólo si reencontráramos así nuestro pasado reciente, si lo entendiéramos en toda su hondura, podríamos comprender al fin que detrás de toda sigla política, de toda identidad colectiva, de toda bandera ideológica, hay siempre individuos, únicos e irreemplazables, dignos y libres.

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