Ensayos

Dios y la Ciencia

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El Comienzo

La física moderna nos dice que el universo nació de una gigantesca explosión que provocó la expansión de la materia. Todavía hoy podemos observarla en las galaxias que continúan alejándose unas de otras por el empuje de esa explosión originaria.

Basta medir la velocidad con que estas galaxias se separan para inducir que hace quince mil millones de años se encontraban concentradas en una partícula de un tamaño miles de veces inferior a una cabeza de alfiler. El universo entero, con todo lo que contendrá más tarde: las galaxias, los planetas, la Tierra, sus árboles, sus flores, estaba contenido en lo que los astrofísicos poéticamente han llamado “partícula X”.

Los físicos no tienen la menor idea acerca de lo que podría explicar la aparición del universo. Pueden remontarse hasta una millonésima de segundo después de la creación (10-43 segundos). pero no más allá. Tropiezan entonces con el famoso Muro de Planck, llamado así porque el célebre físico alemán fue el primero en señalar que la ciencia es incapaz de explicar el comportamiento de los átomos cuando la fuerza de la gravedad llega a ser extrema. Es el límite último de nuestros conocimientos. Detrás de este muro, se esconde una realidad inimaginable. Un físico, nos cuenta Igor Bogdanov, afirmaba que en la juventud sus trabajos le habían permitido echar un vistazo furtivo al otro lado del muro. Murmuraba que había advertido una realidad vertiginosa. El sabio anciano hablaba de ello como de una especie de alucinación metafísica que le había conmocionado para siempre.

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El Misterio de lo Viviente

Hace cuatro mil millones de años, lo que llamamos vida no existía todavía. Sobre la tierra barrida por los vientos eternos, las nacientes moléculas eran agitadas sin tregua por el rayo, el calor, las radiaciones y los ciclones.

Las moléculas, que incluyen en su estructura cadenas de átomos en alternancia -especialmente el carbono, el nitrógeno y el oxígeno- al unirse, comenzaron a formar aminoácidos arrastrando la materia hacia lo alto, hasta engendrar sistemas bioquímicos estables, protegidos del exterior por membranas celulares.

¿Cuál es exactamente la diferencia entre lo inerte y lo viviente? A nivel molecular, es decir, en la escala de las partículas elementales, ambos son rigurosamente idénticos. Un escalón por encima, en el nivel atómico, se manifiestan algunas diferencias, pero son todavía reducidas.

El salto decisivo se da en el nivel de las macromoléculas. En ese estadio, lo viviente parece infinitamente más estructurado, más ordenado que lo inerte. La única diferencia de fondo entre lo inerte y lo viviente es que uno es simplemente más rico en información que el otro.

Según los nuevos enfoques, la vida es una propiedad que emerge de la materia, un fenómeno que obedece a una especie de necesidad inscrita en el corazón mismo de lo inanimado.

El segundo principio de la termodinámica establece que en el curso del tiempo los sistemas cerrados pasen inevitablemente del orden al desorden: la entropía. Sin embargo la vida no es sino la historia de un orden cada vez más elevado y general.

La evolución de la materia hacia la vida y la consciencia es buena muestra de un orden. Pero, ¿porqué la naturaleza produce orden? “Si en un principio algunas de las grandes constantes universales -por ejemplo, la constante de gravitación, la velocidad de la luz o la constante de Plank- hubiera sido sometida a una ínfima alteración, el universo no habría tenido posibilidad de albergar seres vivos e inteligentes” subraya el astrofísico Hubert Reeves.

Para el astrofísico inglés Brandon Carter “las cosas son lo que son simplemente porque no habrían podido ser de otra manera”. No hay sitio para un universo diferente del que nos ha engendrado. El universo sabía que el hombre llegaría en su momento.

Este ajuste, de una precisión vertiginosa, ¿está hecho de puro “azar” o proviene de la voluntad de una causa primera, de una inteligencia organizadora que trasciende nuestra realidad?

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En Busca de la Materia

Una gota de agua está compuesta de moléculas, formadas por átomos más pequeños y cada uno de estos átomos está compuesto de un núcleo todavía más pequeño y de electrones que “gravitan” a su alrededor. En el corazón del núcleo encontramos nuevas partículas, las más importantes de las cuales son los protones y los neutrones.

Hace pocos años se descubrieron unas partículas más pequeñas, los quarks, que alcanzan el inimaginable “tamaño¨ de´10-18 metros. Estas partículas representan una especie de “muro dimensional”. No existe ninguna magnitud física más pequeña que esa.

Reina un inmenso vacío entre las partículas elementales. Si representamos el protón de un núcleo de oxígeno por una cabeza de alfiler y la colocamos encima de una mesa, el electrón describe una circunferencia a su alrededor a cientos de kilómetros de distancia. Si todos los átomos que componen un hombre se juntaran hasta tocarse tendría el tamaño de una ínfima mota de polvo de apenas unas milésimas de milímetro.

Según algunos físicos, todo el universo está constituído sobre tres partículas: el electrón y los dos tipos de quarks, que parecen garantizar toda la prodigiosa variedad de fuerzas, de fenómenos y de formas que se encuentran en la naturaleza.

¿De qué pasta están hechas tales partículas? ¿Cuál es la “sustancia” de un fotón o de un electrón? Una descripción completa de la materia implica una fusión de las teorías de la relatividad y la mecánica cuántica en un conjunto nuevo. En esta perspectiva, una partícula no existe por sí misma sino únicamente a través de los efectos que origina. Este conjunto de efectos se llama “campo” (campo electromagnético, campo gravitatorio, campo protónico, campo electrónico); la realidad esencial es un conjunto de campos que interaccionan entre ellos, vibraciones potenciales, a las cuales están asociadas diferentes partículas elementales, que son las manifestaciones “materiales del campo”. Estas partículas virtuales, engendradas en los campos cuánticos son algo más que abstracciones; por muy fantasmales que sean, sus efectos existen en el mundo ordinario y son, por consiguiente, mensurables.

Nuestro conocimiento de la realidad está basado en una dimensión no material, cuya substancia es una nube de cifras. El universo no es otra cosa que una inmensa red de información que esconde un secreto de abstracta elegancia: un orden hipermatemático, relacionante y espiritual que hace que el universo sea orden y no caos. En este sentido, el acierto de la teoría cuántica es estar edificada al margen y, la mayoría de las veces, en contra de la razón ordinaria.

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El espíritu de la materia

Cuando alguien exponía a Niels Bohr una idea susceptible de resolver algunos de los enigmas de la teoría cuántica, le respondía, divertido: “Su teoría es absurda, aunque no lo suficiente como para ser verdadera”. Expondremos un fenómeno que es imposible de explicar de una manera clásica y que alberga el corazón de la mecánica cuántica. Si queremos hacernos una idea de él debemos abandonar nuestra últimas referencias al mundo cotidiano.

Veamos el famoso experimento que Thomas Young realizó por primera vez en 1801. Imaginemos un dispositivo: una superficie plana, horadada por dos rendijas: una fuente luminosa, situada delante; y una pantalla, colocada detrás.

¿Qué sucede cuando los “granos de luz” que son los fotones atraviesan las dos rendijas y encuentran la pantalla que hay detrás? Se observa en la pantalla una serie de rayas verticales, alternativamente oscuras y claras, cuyo trazado general evoca inmediatamente el fenómeno de las interferencias.

Young concluyó que la luz es un fluído, que se propaga por ondas. Esa no es la conclusión de Einstein. Para él, la luz está hecha de pequeños granos, los fotones. ¿Cómo pueden miríadas de granos turbulentos, configurar las coherentes y precisas formas de las bandas alternativamente claras y oscuras?

Cerremos una de las dos rendijas, la izquierda por ejemplo, Los fotones pasarán por la única rendija existente, la derecha. Reduzcamos la intensidad de la fuente luminosa hasta que emita los fotones de uno en uno y disparemos un fotón. Un instante más tarde, el fotón pasa por la única rendija abierta y alcanza la pantalla. Como conocemos su origen, su velocidad y su dirección, podríamos, con ayuda de las leyes de Newton, predecir exactamente el punto de impacto de nuestro fotón en la pantalla.

Introduzcamos ahora en el experimento un nuevo elemento: vamos a abrir la rendija de la izquierda. Seguimos después la trayectoria de un nuevo fotón en dirección a la misma rendija, la de la derecha. Recordemos que nuestro segundo fotón parte del mismo lugar que el primero, se desplaza a la misma velocidad y en la misma dirección.

En buena lógica, el fotón número dos debería golpear la pantalla exactamente en el mismo sitio que el fotón número uno. Pues bien, el fotón número dos golpea la pantalla en un sitio completamente distinto del primero. Todo sucede como si el comportamiento del fotón número dos hubiera sido modificado por la apertura de la rendija de la izquierda.

El primer misterio es éste: ¿cómo ha “descubierto” el fotón que la rendija izquierda estaba abierta?

Continuemos despachando fotones de uno en uno en dirección a la placa, sin apuntar a ninguna rendija. En contra de lo esperado, la acumulación de impactos de los fotones en la pantalla forma progresivamente la trama de interferencia producida instantáneamente en el curso del experimento inicial de Young.

¿Cómo “sabe” cada fotón qué parte de la pantalla debe golpear para formar, junto con sus vecinos, una imagen geométrica que representa una sucesión perfectamente ordenada de rayas verticales? ¿Cómo sabe la partícula que hay dos rendijas?

Supongamos que conseguimos identificar la rendija por la que pasa cada uno de los fotones que participan en el experimento. En este caso no se forma ninguna trama de interferencias en la pantalla. Si decidimos verificar experimentalmente que el fotón es una partícula que atraviesa una rendija definida, entonces nuestro fotón se comporta exactamente como una partícula que atraviesa un orificio.

Por el contrario, si no nos empeñamos en seguir la trayectoria de cada fotón durante el experimento, entonces la distribución de las partículas en la pantalla termina por formar una trama de interferencias de onda.

Se comprueba de nuevo que una partícula no existe en forma de objeto puntual, definido en el espacio y en el tiempo, más que cuando es observada directamente. La realidad observada está ligada al punto de vista adoptado por el observador. En realidad una partícula sólo existe en forma de onda de probabilidad, que atraviesa simultáneamente las dos rendijas e interfiere consigo misma en la pantalla.

Cuando intentamos observarla, esta onda de probabilidad se transforma en una partícula precisa; por el contrario, cuando no la observamos, conserva abiertas todas sus opciones.

El mundo se determina en el último momento, en el instante de la observación. Antes nada es real, en sentido estricto. Tan pronto como el fotón abandona la fuente luminosa, deja de existir como tal y se convierte en unaa probabilidad ondulatoria. El fotón original es entonces reemplazado por una serie de “fotones-fantasmas”, una infinidad de dobles que siguen itinerarios diferentes hasta llegar a la pantalla. Basta observar la pantalla para que todos los fantasmas, excepto uno solo, se desvanezcan. El fotón restante se vuelve entonces real.

Frente a la rendija A, el fotón parece saber que la rendija B está abierta o cerrada. En resumen, parece conocer el estado cuántico del universo. Ahora bien ¿qué es lo que permite al fotón elegir un itinerario u otro? ¿qué es lo que devuelve los mundos fantasmales a la nada? Simplemente, la consciencia del observador.

Es quizás en el corazón de la “otredad cuántica” donde nuestros espíritus humanos y el de ese ser transcendente que llamamos Dios son llevados a encontrarse.

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A Imagen de Dios

A la luz de la teoría cuántica, muchos misterios encuentran una interpretación nueva: un fundamento universal que enlaza la materia, la vida y la conciencia. Basta con recordar un insólito experimento realizado por el físico León Foucault en 1851 cuando aún no se tenía la prueba experimental de que la Tierra giraba sobre sí misma. Foucault suspendió un peso a la bóveda del Panteón y comprobó que el plano de oscilación de su péndulo no estaba fijo, sino que giraba alrededor de un eje vertical, oscilando en dirección este-oeste y luego en dirección norte-sur. La explicación de Foucault fue que este cambio era una ilusión. Era la tierra lo que realmente giraba, mientras el péndulo permanecía fijo.

Pero ¿fijo en relación con qué? ¿Dónde encontrar un punto de referencia inmóvil? La Tierra gira alrededor del sol, que a su vez… ¿Dónde se detiene este ballet fantástico?

La conclusión del experimento de Foucault es pasmosa: el comportamiento del péndulo está determinado por el universo en conjunto y no solamente por los objetos celestes que están próximos a la Tierra. Todo lo que sucede en nuestro minúsculo planeta está en relación con la inmensidad cósmica, como si cada parte llevase dentro la totalidad del universo.

Si hago una fotografía normal de la torre Eiffel y la rompo en dos, no obtendré sino la mitad de la torre Eiffel. Pues bien, todo cambia con la imagen holográfica que la mayor parte de la gente ha visto. Por extraño que pueda parecer, si uno rompe un trozo de negativo holográfico y lo coloca bajo un proyector láser, no se obtiene una “parte” de la imagen, sino la imagen entera . Incluso si el negativo se rompe una docena de veces, cada parte contendrá la totalidad de la imagen.

Para David Bohm, el holograma representa una sorprendente analogía con el orden global del universo: la imagen de la totalidad divina, tanto en el espacio como en el tiempo.

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Hacia el Metarrealismo

Según el físico Eddington “para un científico razonable la ciencia moderna muestra que la religión se ha vuelto posible en torno al año 1927”. Ese año es uno de los más importantes en la historia del pensamiento contemporáneo. Heisenberg expone su principio de incertidumbre, el canónigo Lemaitre da a conocer su teoría sobre la expansión del universo. Einstein propone su teoría del campo unitario, Teilhard de Chardin publica los primeros elementos de su obra. Y es el año del congreso de Copenhague, que marca la fundación oficial de la Teoría Cuántica.

Nuestras dificultades para comprender el universo proceden de que no sabemos con qué compararlo. Heinz Pagels señala:” Creo que el universo es un mensaje redactado en un código secreto, un código cósmico, y que la tarea del científico consiste en descifrar ese código”.

A través de la vía conceptual abierta por la teoría cuántica, está emergiendo una nueva representación del mundo más acá del espiritualismo, aunque mucho más allá del materialismo, que borra las fronteras entre el espíritu y la materia: el metarrealismo.

¿Tiene sentido reflexionar sobre el universo, la materia y la religión? Encuentra un eco sorprendente en la filosofía de un pensador que, en el corazón de la Edad Media, tuvo la intuición de lo que anuncia el metarrealismo: Santo Tomás de Aquino. A la vez metafísico, lógico y teólogo, Santo Tomás se propuso conciliar la fe cristiana con la filosofía racional de Aristóteles.

Si Santo Tomás de Aquino ejerce una influencia tan profunda sobre el pensamiento contemporáneo es por ser el primero en intentar instalar la armonía entre lo que se cree y lo que se sabe, entre el acto de fe y el acto de saber; en una palabra: entre Dios y la ciencia.

Enrique Araos.

Más Información:
Jean Guitton.-
Dios y la Ciencia.- Emecé Editores

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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5 replies »

  1. Siempre me ha interesado y cada vez mas sorprendido con las nuevas imágenes fotográficas impresionantes de nuestro universo del cual somos parte viviente de ella, por lo consiguiente somos curiosos del mas allá. Por lo tanto estaremos en armonía con la creación de Nuestro Creador; Cuando nos perfeccionamos y pasemos al mundo espiritual eterno y poder seguir educándonos con un conocimiento más real y profundo de las maravillas dentro su totalidad de la creación de Nuestro Dios Verdadero.

    Gracias a los científicos de hacernos conocer sus hallazgos con todos nosotros.

    Por: Juan Félix Proaño
    nirajhuata@yahoo.com

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  2. Gracias por haber compartido esto pedacido olografico de conocimiento que nos conecta con “El Todo”! Personalmente lo he disfrutado mucho: emocionalmente e intelectualmente.

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