Literatura

No me vengan con perros callejeros

Un cuento de Julio Alfonso, en su memoria

Julio Alfonso

Faltaban tres cuadras para llegar a casa, cuando siento que alguien me sigue. Doblo en la esquina, y mi perseguidor detrás de mi sombra. Faltó esto para girar sobre mis talones y preguntarle qué le sucedía conmigo. Pero los perros, si tienen una virtud, es no decir palabra alguna. Detuve mis pasos, y el animal negro y enorme detuvo los suyos. Nos miramos a los ojos, como Duhalde con Bush. Yo ensayaba posibles nombres y apelativos. Se me ocurrían aquellos que tuvieran que ver con su porte: Capitán -le dije. Pero el ovejero ni se inmutó; sólo movió la cola en señal de ‘frío, frío, chabón’. Lobo, Lobo, fue mi siguiente intento. Pero nada. Entonces pensé, ‘si no es Capitán ni Lobo, éste debería llamarse Negro o Zorro’. Cuando dije ‘Zorro’ comenzó a saltar con euforia de riverplatense, poniendo todo su entusiasmo sobre el nicotismo de mi pecho. No caí al piso gracias a la bondad de un árbol, contra el que me lengüeteó en señal de gracias. Seguí camino a casa, Zorro tras mis pasos, monitoreando mis intenciones (disculpe, Borges, la ineficaz metáfora del neologismo).

Una vez terminada su gestión, no me olió más, como diciendo: a falta de mejor calidad y analizando la coyuntura socioeconómica de estos tiempos de pobreza irrepetible, no vienen mal segundas marcas (hay perros que arman bastante bien las frases de sus discursos políticos, ¿vio?).

Cuando llegué a casa, toqué timbre para darle una sorpresa a ella. ‘¿Vos también hacés bromas, como la Bullrich? -dijo mi mujer – ¿Y el monstruo ése?’. Le contesté que no era un monstruo, sino un ovejero cruzado con gliptodonte. Pero ella se fue a la cocina, porque ‘hoy no estoy para el humor fino. Además, se me quema el tuco’.

Tomé por el pasillo del costado y fuimos al patio trasero. Los chicos, al ver a Zorro, exclamaron: ‘papá ¡nos compraste un petiso!’. Hube de hacerlo ladrar para que enmendaran ese concepto. El animal ‘se comía todo’, lo duro, lo blando, lo triste. Tenía una virtud; no escondía los huesos, los masticaba.

La primer noche que pasó en casa estuvo tranquilo; en la segunda lloró en forma permanente. Pensé: mañana, ella me hace un escándalo. Pero no, floreció el instinto maternal: pobrecito, debe extrañar. ¿Y si lo dejás salir? Tal vez encuentre el rumbo perdido’. Entonces lo llevé a la vereda, ocasión en que los vecinos guardaron los abuelos por temor a que Zorro los deglutiera, como hicieron algunos tipos con el PAMI. El animal comenzó rastreando el piso. Luego autografió dos hermosos tilos antes de doblar en la esquina. Fue cuando lo perdí de vista. Llegó la tarde y el perro no volvía. Se armó la noche y Zorro sin aparecer. ‘Habrá hallado los olores queridos’ -filosofó ella.

Esa noche soñé que Zorro horadaba puertas con sus pezuñas, ladrando con fuerza. Soñaba, también, que mi mujer me daba codazos para despertarme. Pero no era un sueño. Cuando abrí, Zorro saltó, poniendo sus enormes patas sobre mi pecho. No caí de espaldas gracias a la enorme lámpara de pie. El animal había regresado muerto de hambre, de frío y afecto. Uno de mis chicos preguntó por qué abandonan perros en la calle. Hay gente que no puede mantenerlos -le dije-. Entonces salen a buscar comida junto a otros que les pasan bichitos y otras costumbres.

Cierto día oímos la voz de un locutor diciendo: ‘Se desea conocer paradero de ovejero alemán negro. Responde al nombre de Zorro’. Luego dieron números telefónicos.

Quedaron en venir ‘mañana, por la tarde’, ¡justo que yo tenía un impensado compromiso…!

Los días que no trabajo me asomo a la vereda y miro los pibes jugar a la pelota en la calle. Pero, qué bien la toca el chiquito aquél; cómo la ‘mata’ con el pecho el hijo de Parisi; qué bien le pega el gordito tres dedos.

Al terminar el picado entré a casa porque ‘está listo el mate, viejo. Hoy estrenamos yerbera, azucarera, mate y bombilla, ¿viste?’. Era el regalo que nos dejó un señor de auto y corbata porque le devolvimos el perro, un ovejero que aquella tarde creyó ver en mí una segunda marca.

Julio Alfonso

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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